El sedán blindado yacía volcado en la zanja, el metal retorcido y el cristal agrietado como si fuera un cascarón roto. Elena estaba atrapada, su cuerpo dolorido por el impacto, el cinturón de seguridad clavado en su pecho. El silencio, un sudario pesado y opresivo, solo se rompía por el goteo persistente de la lluvia y el crujido metálico del coche que se enfriaba. A su lado, Lucas yacía inerte, su cabeza ladeada, la mancha de sangre en su hombro expandiéndose. El terror, frío y paralizante, se