El canto de los pájaros en el amanecer y el suave rumor del río Brent eran los únicos sonidos que rompían el silencio en la pequeña choza. Elena se despertó lentamente, el cansancio aún se aferraba a su cuerpo, pero su mente estaba ahora clara. El calor de la manta y el aroma persistente del té de hierbas le daban una sensación de paz que no había sentido en días. La imagen de Lucas, de Leonel, la urgencia de su sacrificio, la impulsaron a levantarse.
Se vistió con la ropa limpia y sencilla que