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Capítulo 11 No Hay Nadie que Nos Separe

Mateo regresó al penthouse a las 23:14. La puerta se abrió con fuerza y cerró de un portazo. Sofía, que estaba en la sala esperando, se levantó de un salto al verlo entrar.

Su expresión era oscura. La mandíbula apretada, los ojos negros como tormenta, la corbata aflojada y una mancha de sangre seca en el puño de la camisa.

—Mateo… —empezó Sofía, pero él no la dejó terminar.

La cruzó la sala en tres zancadas, la agarró por la cintura y la besó con hambre feroz, casi violenta. Era un beso de dueño, de alguien que acababa de pelear por lo que consideraba suyo y regresaba a reclamarlo.

—Nadie —gruñó contra su boca, mientras le subía la falda con brusquedad—. Nadie va a separarnos. Ni mi familia. Ni la tuya. Ni esa perra de Valentina.

La empujó contra la pared del pasillo, le rasgó las bragas de un tirón y se bajó la cremallera. Su polla ya estaba dura, gruesa, palpitando. Sin preámbulos, la levantó y la penetró de un solo empujón brutal.

Sofía gritó, las uñas clavándose en sus hombros. Era intenso, casi doloroso, pero el placer la atravesó como un rayo. Mateo la folló contra la pared con embestidas profundas y rápidas, una mano en su garganta (no apretando, solo sosteniendo), la otra sosteniéndole el culo.

—Eres mía —repitió una y otra vez, voz ronca y oscura—. Mía para follar. Mía para proteger. Mía para amar. ¿Entiendes?

—Sí… —gimió Sofía, la cabeza cayendo hacia atrás—. Sí, Mateo…

Él aceleró, golpeando ese punto dentro de ella que la volvía loca. El sonido de piel contra piel llenaba el pasillo. Sofía se corrió primero, el cuerpo convulsionando, el grito ahogado contra su cuello. Mateo la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante.

Se quedaron así un momento, pegados, respirando agitados. Luego Mateo la bajó con cuidado, pero no la soltó. La abrazó fuerte, la cara enterrada en su cabello.

—Lo siento —susurró, la voz ahora más suave, casi rota—. No quería llegar así. Pero cuando mi padre amenazó con quitarme todo si no me casaba con esa mujer… solo podía pensar en ti. En que ya había elegido. Y que nadie, ni siquiera mi sangre, me va a quitar lo que quiero.

Sofía le acarició la espalda, sintiendo la tensión en sus músculos.

—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja.

Mateo se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. Tenía una expresión que ella nunca le había visto: vulnerable y feroz al mismo tiempo.

—Le dije a mi padre que si seguía presionando, renunciaba a todo. El grupo, el apellido, todo. Y que si alguna vez volvían a acercarse a ti o a Lupita… iban a arrepentirse. Valentina también recibió el mensaje. No va a volver a molestarte.

Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Mateo… eso es mucho. Tu familia, tu empresa…

—Nada vale más que tú —la interrumpió, tomándole la cara con ambas manos—. Nada. Te elegí a ti. Y voy a seguir eligiéndote todos los días, aunque el mundo se ponga en mi contra.

La besó otra vez, esta vez lento, profundo, lleno de emoción. La llevó a la habitación, la acostó en la cama con cuidado y la hizo el amor de nuevo. Esta vez fue lento, profundo, mirándose a los ojos, con palabras suaves entre embestida y embestida:

—Te quiero…  

—Eres lo más importante que tengo…  

—Nadie nos va a separar.

Sofía se corrió llorando de placer y emoción, y Mateo la siguió, gruñendo su nombre contra su cuello mientras la llenaba una vez más.

Después, la abrazó contra su pecho, cubriéndola completamente con su cuerpo, besándole el cabello, la frente, los párpados.

—Duerme —le susurró—. Mañana empiezo a desmantelar todo lo que amenaza lo nuestro. Y cuando termine… vas a ser libre. Y vas a ser mía. Para siempre.

Sofía cerró los ojos, el corazón latiendo contra el de él.

Por primera vez, el miedo ya no era lo más grande.

Lo más grande era la certeza de que este hombre, este CEO frío y peligroso, estaba dispuesto a quemar su mundo entero por ella.

Y ella, por primera vez, estaba dispuesta a quedarse.

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