Mateo regresó al penthouse a las 23:14. La puerta se abrió con fuerza y cerró de un portazo. Sofía, que estaba en la sala esperando, se levantó de un salto al verlo entrar.
Su expresión era oscura. La mandíbula apretada, los ojos negros como tormenta, la corbata aflojada y una mancha de sangre seca en el puño de la camisa.
—Mateo… —empezó Sofía, pero él no la dejó terminar.
La cruzó la sala en tres zancadas, la agarró por la cintura y la besó con hambre feroz, casi violenta. Era un beso de dueñ