Mundo ficciónIniciar sesiónKateryn Thorne intentaba reconstruir su vida, pero terminó atrapada en la estructura obsesiva de su pasado. Sebastián Blackwood, el magnate que una vez amó, es ahora su peor pesadilla y su jefe implacable. Entre una prometida que empieza a sospechar, un padre manipulador que la subasta al mejor postor y un nuevo pretendiente que desafía la lógica de Sebastián, Kateryn luchará por su independencia. Sin embargo, Sebastián Blackwood tiene otros planes para ella. Él la quiere bajo su mando, bajo su vigilancia y, sobre todo, bajo su control. Entre el deseo y la venganza, Kateryn diseña una salida secreta, sin saber que Sebastián está dispuesto a derrumbar el mundo entero antes de permitir que otro hombre ocupe el lugar que él dejó vacío. Secretos, traiciones y un amor que se niega a morir. Bienvenido al diseño del arrepentimiento.
Leer más—Luces espectacular, Kateryn. Como siempre.
El susurro del señor Nelson, cargado de un aliento rancio a whisky, le provocó a Kateryn una náusea instantánea que luchó por ocultar tras una máscara de cortesía profesional. Sintió las manos del hombre sobre sus hombros, una presión posesiva que la hizo tensarse, recordándole que cada segundo en esa cena era una transacción. La mirada del inversor se posó en su escote y bajó hacia sus caderas, tasándola con una depravación que la hacía sentir como una mercancía en exhibición. Pero no podía huir; el peso de la empresa en ruinas y las palabras del hombre que la había enviado al matadero para limpiar sus propios fracasos la mantenían anclada a la silla. Para Nelson, ella no era una mujer de negocios intentando salvar el legado de su madre; era un trofeo con una etiqueta de precio. Sin embargo, lo que Kateryn no sabía mientras luchaba por no desmoronarse, era que a pocos metros se encontraba el dueño de todas sus cicatrices. Sebastián Blackwood estaba allí, impecable y letal. Irradiaba una autoridad que hacía que el resto de los hombres parecieran sombras. El tiempo lo había esculpido con crueldad: su mandíbula era más severa y sus ojos negros ahora cortaban el aire con una madurez peligrosa. Pero lo que realmente la golpeó al encontrarlo con la mirada fue ver a la mujer a su lado, una figura de belleza etérea que se aferraba a su brazo con una confianza insultante. Sebastián no la apartó. Al contrario, correspondió con una caricia posesiva sobre el hombro desnudo de su acompañante, no por afecto, sino para anclarse a la realidad y no salir corriendo hacia la mujer que seguía habitando sus pesadillas. Kateryn reconoció con un dolor punzante esa caricia; una vez, ese toque le perteneció a ella. En ese momento, sus miradas se cruzaron y el tiempo se detuvo. Sebastián cuadró la mandíbula con tal fuerza que una vena se marcó en su cuello; sus pupilas, antes cálidas, se cargaron de una tormenta negra dirigida exclusivamente hacia ella. Sus nudillos se blanquearon alrededor de su copa reconocer esos ojos azules que, en el pasado, él mismo llamó su cielo. Verla allí, bajo la mano posesiva de un hombre como Nelson, le provocó una oleada de náuseas que nada tenían que ver con el alcohol. Una parte de él quería cruzar el salón y arrancarla de esa mesa, pero el orgullo se lo impidió. Kateryn sintió que el corazón se le partía en dos. En la mirada de Sebastián ya no quedaba rastro de la calidez con la que solía susurrarle "Kiki" al oído; ahora solo había un odio gélido. La mano de Nelson cortó el contacto, se deslizaba sigilosamente por debajo de la mesa buscando su pierna. —Si quieres que firme ese cheque, Kateryn, tienes que demostrarme que eres una mujer de negocios... flexible —susurró Nelson, apretando su muslo. El pánico la descolocó. En un intento desesperado por esquivar la mano del hombre, Kateryn volcó su copa de vino sobre su vestido. —¡Lo siento! —exclamó, poniéndose de pie de un salto. Nelson no se detuvo. Aprovechó el "accidente" para palpar sus piernas con el pretexto de ayudarla. Fue una caricia asquerosa que terminó de romper su resistencia. —Debo ir al tocador —soltó ella, huyendo hacia los sanitarios. Sintió la mirada de Sebastián quemándole la espalda. Una vez dentro, se aferró al lavabo con los nudillos blancos, intentando que el aire regresará a sus pulmones. Entonces la puerta se abrió y el chisme de dos invitadas inundó el lugar. —¿Viste a Sebastián Blackwood? Su prometida es perfecta para él —decía una de las invitadas mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo del tocador. «Prometida» Kateryn se quedó inmóvil, conteniendo el aliento fingiendo desinterés. —Es bellísima —añadió la otra voz entre risas ligeras—. Dicen que ella es la única que ha logrado domar a ese iceberg de hombre y no se cansa de presumir que ha sido el único amor en su vida. Kateryn se aferró al lavabo —Es una pena que el compromiso ya sea oficial. Se casan en meses —concluyó una de ellas. «Meses» Le dolió imaginarlo formando una familia, despertando junto a otra mujer, dándole a ella los "buenos días" que una vez fueron suyos. El aire se volvió pesado, como si el perfume caro de aquellas mujeres le estuviera robando el oxígeno. Se detuvo un segundo en el pasillo en un intento de recomponerse, creyendo que el aire frío calmaría el incendio de sus pulmones. Pero el aire se detuvo. Un aroma familiar a madera la envolvió antes de que pudiera dar el siguiente paso. —Eres impresionante, Kateryn —la voz de Sebastián, cargada de un sarcasmo que cortaba como cristal roto, surgió desde las sombras—. Me abandonaste jurando que buscabas, una vida de lujos que yo no podía darte... y cinco años después, te encuentro mendigando caricias por un cheque. Kateryn sintió que la sangre le hervía. El dolor del compromiso de él, la humillación de Nelson y el peso de su secreto le sumían el pecho. —No sabes nada de mi vida, Sebastián —respondió ella, con la voz quebrada pero firme—. Y no tienes derecho a juzgarme. Déjame pasar. Intentó esquivarlo, pero él fue más rápido. Sebastián dejó la copa en una repisa y, con un movimiento depredador, le bloqueó el paso, acorralándola contra la pared. El calor de su cuerpo, tan prohibido y a la vez tan recordado, le hizo flaquear las piernas. Sebastián la miró de cerca, y por un instante, el odio flaqueó ante la visión de su vulnerabilidad. Le dolía que ella estuviera con un tipo como Nelson.—Mucho gusto, señorita Santoro —logró articular Kateryn. Sintiendo que su propia voz sonaba opaca frente a la vibrante seguridad que emanaba de Valeria—. Kateryn Thorne. —Es un placer conocer finalmente al talento detrás de los bocetos —respondió Valeria con una sonrisa que no llegó a ser condescendiente, sino genuinamente curiosa—. Sebastián guarda algunos de sus inicios entre ellos figura uno con su firma, ¿sabes? Dice que eres... exigente. Pero ambos sabemos que tu visión es única, aunque a mi prometido le cueste aceptarlo en voz alta. Subieron juntas al elevador. El trayecto fue una tortura para Kateryn. ¿Cómo odiar a esa mujer? Si Valeria era un sol: impecable, radiante y devastadoramente amable. Kateryn, en cambio, se sentía diminuta, casi nada con el rastro de la tierra de la casa de campo aún prendido a su falda. Al abrirse las puertas, la escena en la oficina era un cuadro de tensión. Sebastián estaba inclinado sobre un escritorio revisando algunos documentos con Mille
Un silencio sepulcral se apoderó de la oficina durante el resto de la tarde. Tras finalizar la jornada, Kateryn permaneció inmóvil en su escritorio, habitada únicamente por el eco de sus propios pensamientos. —¿Estás bien? —La voz de Sara, suave y preocupada, la sacó del trance. Kateryn parpadeó, forzando una máscara de normalidad. —Sí. Solo... es estrés. —Ese hombre es un animal, Kiki —susurró Sara, acercándose—. Te mira como si quisiera devorarte o destruirte, y no sé cuál de las dos cosas es peor. Será mejor que vayas a casa y descanses. Mañana será un día largo. Kateryn asintió mecánicamente. "Casa". Aquel lugar ya no era un hogar. Al llegar a la mansión Thorne, el ambiente era gélido. Arthur Thorne la esperaba en el estudio, bebiendo su eterno whisky. —Llegas tarde —sentenció él sin mirarla. —Acostúmbrate, el nuevo socio es un tirano —replicó ella, manteniendo la voz firme a pesar del cansancio—. He conseguido al inversionista cumple tu parte. Quiero ver a mi hij
Las siguientes horas transcurrieron bajo una presión insoportable. Ella vaciaba los estantes. Él no se movió del sillón de cuero, observando cada uno de sus gestos. El silencio solo era roto por el rasgar de la cinta adhesiva, una tortura lenta que alimentaba la paranoia de Kateryn. «¿Por qué no se va? ¿Por qué me vigila como si fuera una ladrona?», se preguntaba ella, sintiendo que el aire se volvía cada vez más escaso. De pronto, la vibración de su teléfono en el bolsillo del pantalón la hizo saltar. Al ver el número en la pantalla, el corazón le dio un vuelco. Era la cuidadora de Leo. Intentando mantener una máscara de indiferencia frente a la mirada inquisidora de Sebastián, Kateryn se disculpó con un gesto rápido y salió de la oficina. No corrió, no quería despertar más sospechas, pero sus pasos la llevaron instintivamente hacia el pequeño balcón del fondo del pasillo, un rincón rodeado de plantas donde el ruido de la ciudad amortiguaba las voces. —¿Diga? —susurró, asegu
—Vamos, Kiki, yo te ayudaré con eso —dijo Sara, tomándola del brazo con esa firmeza protectora que era su único salvavidas. —No —el rugido de Sebastián cortó el aire como un latigazo, deteniéndolas en seco—. Tú —señaló a Sara con una frialdad cortante— vas a entregarle a Miller todo lo que necesite para la auditoría. Ahora mismo. Sara no bajó la mirada. Al contrario, se irguió, soltando el brazo de Kateryn solo para cruzarse de hombros y clavar sus ojos en los del CEO. —Vaya... —soltó Sara con una sonrisa cargada de un sarcasmo letal—. Sabía que había comprado las acciones, señor Blackwood, pero no sabía que el paquete incluía un manual sobre cómo ser un carcelero de oficina. ¿También nos va cronometrar el aire o eso lo dejará para la segunda fase de la auditoría?Sebastián se quedó mudo por un instante. Sus labios se apretaron y un destello de desconcierto cruzó sus ojos negros. —Sara, por favor... —intercedió Kateryn, colocando una mano temblorosa en el hombro de su amiga
Último capítulo