Capítulo 12 Todo Cambia

A la mañana siguiente, Mateo León entró a la sala de juntas del piso 49 con Sofía a su lado. No la presentó como su asistente. La presentó como **su pareja**.

—Esta es Sofía Mendoza —dijo con voz firme, mirando a los diez ejecutivos sentados alrededor de la mesa—. A partir de hoy, cualquier decisión que involucre al grupo, pasa también por ella. Es mi mano derecha… y mi elección.

Varios ejecutivos intercambiaron miradas incómodas. Uno de ellos, un hombre mayor de unos sesenta años, carraspeó.

—Señor León, ¿está seguro de esto? La señorita Mendoza… su pasado podría generar problemas de imagen.

Mateo lo miró con una calma letal.

—Su pasado es exactamente por lo que estoy dispuesto a quemar este imperio si hace falta. Cualquier persona en esta mesa que tenga un problema con eso, puede presentar su renuncia ahora mismo.

Silencio absoluto. Nadie se movió.

La reunión continuó. Mateo habló de fusiones, números, estrategias, pero cada pocos minutos su mano buscaba la de Sofía bajo la mesa, entrelazando los dedos. Ella sintió el calor de su palma y el pulso acelerado de su propio corazón.

A las 11:47, mientras Mateo explicaba una proyección de ingresos, el teléfono de Sofía vibró en su regazo. Era **Lupita**.

Salió discretamente al pasillo y contestó.

—Lupita, ¿estás bien?

La voz de su hermana salió entrecortada, llorando.

—Sofía… alguien estuvo aquí. En la escuela. Preguntaba por mí. Los guardias de Mateo lo echaron, pero… me dio miedo. Me dijo que mi hermana no podía esconderme para siempre. Que él me iba a encontrar.

Sofía sintió que se le caía el mundo.

—¿Cómo se llamaba? ¿Qué más te dijo?

—No dijo su nombre. Pero… tenía una cicatriz en la cara. Como la que tenía Javier cuando lo golpearon en la cárcel.

Sofía se quedó congelada. Javier tenía una cicatriz en la mejilla izquierda. Pero él estaba en Guadalajara… o eso creía.

—Lupita, escúchame bien. No salgas de la escuela. Los guardias de Mateo están ahí. Yo voy para allá ahora mismo.

Colgó con las manos temblando.

Cuando regresó a la sala, Mateo la miró de inmediato. Vio su cara y supo que algo estaba mal. Se levantó en medio de su propia presentación.

—Reunión terminada —anunció—. Lo que no alcancemos hoy, lo resolvemos mañana. Fuera todos.

Los ejecutivos salieron en silencio. Cuando la puerta se cerró, Mateo se acercó a ella.

—¿Qué pasó?

—Lupita… alguien fue a su escuela. Preguntaba por ella. Tenía una cicatriz como la de Javier. Mateo… él no está en Guadalajara. Está aquí.

Mateo sintió que se le tensaba toda la mandíbula. Sacó el teléfono y marcó un número.

—Carlos, ¿dónde está Javier Morales? ¿Qué? ¿Cómo que se escapó de la escolta anoche? ¿Por qué carajos no me avisaron antes?

Colgó, los ojos oscuros de furia.

—Se escapó. Alguien lo ayudó. Y ahora está en CDMX.

Sofía sintió que le faltaba el aire. Mateo la agarró de los hombros, firme pero no doloroso.

—Mírame. Escúchame. Nadie va a tocar a Lupita. Tengo diez hombres en esa escuela ahora mismo. Y tú… —le levantó la barbilla— tú no vas a salir de mi vista ni un segundo. ¿Entendido?

Ella asintió, pero las lágrimas ya le rodaban por las mejillas.

—Mateo… esto nunca va a terminar, ¿verdad? Mientras yo esté contigo, te van a usar contra mí. Y mientras Lupita esté cerca de mí, la van a usar contra mí. Quizás… quizás sea mejor que me vaya.

Mateo la besó. Fue un beso duro, desesperado, como si quisiera sellar su boca para que no dijera más tonterías.

—Ni se te ocurra —gruñó contra sus labios—. Tú no te vas a ningún lado. Lupita no se va a ningún lado. Yo voy a terminar esto. Hoy. Y cuando termine, vas a entender que no hay nada ni nadie en este puto mundo que pueda separarnos.

La abrazó con fuerza, la cara enterrada en su cabello.

—Te quiero —susurró, voz ronca—. Y voy a pelear por ti hasta que no quede nadie que te dé miedo. ¿Confías en mí?

Sofía cerró los ojos, aferrándose a él.

—Confío —respondió, y por primera vez lo dijo sin dudar.

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