Mundo ficciónIniciar sesiónHabían pasado cinco años desde que dejé San Valente con el corazón lleno de promesas y maletas cargadas de miedos. Cinco años en los que el mundo exterior, lejos de ser el refugio que imaginé, se convirtió en un espejo cruel. La universidad no fue el nuevo comienzo que esperaba; fue una extensión del calvario de mi tía Agatha, solo que con caras nuevas y pasillos más largos.
—¿Vieron a la heredera del chocolate? Parece que se comió toda la producción ella sola —era el susurro constante en la cafetería.
Aprendí a caminar con la mirada fija en el suelo, a comer en los rincones más oscuros de la biblioteca y a refugiarme en los libros de contabilidad. Pero lo que realmente me mantenía en pie no era mi título en administración, sino las cartas de Apolo. Durante los primeros dos años, sus palabras fueron mi oxígeno. "No te rindas, pequeña", "San Valente te extraña", "Falta poco para que vuelvas".
Pero hace tres años, el silencio se instaló entre nosotros como un muro de hielo. Sus correos dejaron de llegar, sus llamadas se perdieron en el buzón y, de repente, la única persona que me hacía sentir valiosa simplemente me borró de su vida.
Hoy, regreso a la Hacienda "El Deleite", pero no como la triunfadora que soñé. Regreso vestida de negro, con el alma rota y más peso en el cuerpo y en el corazón. Mi tío, el único hombre que me quiso sin condiciones, ha muerto.
Al cruzar el umbral de la mansión, el aroma a chocolate me golpeó, pero esta vez se sentía rancio. Agatha estaba en el centro del salón, tan gélida como siempre, pero mi vista buscó desesperadamente otra silueta.
Lo vi junto al gran ventanal. Apolo.
Ya no era el joven de sonrisa cálida que me despidió en el aeropuerto. El hombre que estaba frente a mí tenía los hombros más anchos, la mandíbula más rígida y una mirada que, al posarse en mí, no mostró ni una pizca de la ternura de antes.
—Romy —dijo su voz, ahora más profunda, pero despojada de cualquier afecto. Fue un saludo seco, casi una obligación.
—Hola, Apolo —logré articular, sintiendo que el aire se espesaba. Me acerqué un poco, esperando algún gesto, una señal de que el hombre que me escribió durante años seguía allí—. Siento mucho lo de tu padre. Yo... me dolió no estar aquí.
Él se acomodó el reloj de oro en su muñeca y soltó una risa amarga que me heló la sangre.
—Estar aquí requiere compromiso, Romy. Y tú elegiste estar lejos, perdiéndote en tu mundo mientras las cosas aquí se caían a pedazos —sus ojos recorrieron mi figura con una indiferencia que dolió más que cualquier insulto de Agatha—. Veo que el extranjero no te ha cambiado mucho. Sigues siendo la misma niña que huye de sus responsabilidades.
—¿Huir? Apolo, tú dejaste de escribirme —le reclamé, dando un paso al frente, la indignación luchando contra las lágrimas—. Te busqué mil veces. ¿Qué te pasó? ¿Por qué este hielo?
Apolo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. El perfume que emanaba era caro, masculino y extraño. No quedaba rastro del olor a tierra y cacao que solía tener.
—Lo que nos pasó es que crecimos, Romy. O al menos yo lo hice —sentenció, mirándome desde su altura con una frialdad que me hizo retroceder—. Ahora tengo una empresa que salvar y una familia que proteger de los escándalos. No tengo tiempo para dramas sentimentales ni para recordar promesas de adolescentes que ya no significan nada.
—¿Promesas que no significan nada? —susurré, con la voz quebrada.
—Exacto. Ahora, si me disculpas, tengo que recibir a los abogados. Mi madre te asignó tu antigua habitación. Trata de no molestar demasiado; estamos en medio de una crisis.
Se dio la vuelta sin mirarme, dejándome sola en medio del salón. El vacío que dejó su indiferencia fue más pesado que cualquier kilo que Agatha me hubiera criticado. Apolo, mi Apolo, se había transformado en un extraño de piedra. Y mientras subía las escaleras arrastrando mis pies, entendí que el verdadero infierno no era el bullying de la universidad ni el veneno de mi tía.
El verdadero infierno era descubrir que el amor que me salvaba se había convertido en el arma que ahora me terminaba de destruir. Pero lo que Apolo no sabía era que, aunque me viera como la misma niña vulnerable, el dolor de su abandono estaba empezando a forjar en mí algo que ni él ni Agatha podrían controlar.







