El aroma del chocolate caliente recién batido siempre me había parecido el olor del hogar, pero ese día, mientras terminaba de empacar mi última maleta para irme a la universidad, el aroma me resultaba asfixiante. Tenía dieciséis años, un intelecto que había saltado grados y un cuerpo que, según mi tía Agatha, era el único obstáculo entre yo y la "grandeza".—¿Romy? ¿Todavía estás lidiando con esos trapos? —la voz de Agatha entró antes que ella a mi habitación. Se detuvo en el umbral, impecable en su traje sastre color crema, mirándome con esa mezcla de lástima y repugnancia que reservaba para los "defectuosos".—Ya casi termino, tía. Solo trato de que todo quepa —respondí, sentándome sobre la maleta para intentar cerrarla.—Por supuesto que no cabe, querida. Si compraras ropa de tu talla real en lugar de esas carpas de circo, tendrías espacio de sobra. Pero supongo que la discreción no es lo tuyo —dio un paso al frente y tocó una de mis blusas con la punta de los dedos, como si temie
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