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Capítulo 6: Amargo, dulce y un poco de gravedad

 

La fábrica de "El Deleite" era el único lugar en San Valente donde yo sentía que el apellido Villalobos significaba algo más que cenas estiradas y críticas de pasillo. Aquí, entre el ruido de las máquinas de refinado y el calor húmedo de las conchas donde se templaba el chocolate, yo era feliz. O al menos, lo era hasta que escuché el sonido de unos zapatos italianos golpeando el suelo de concreto con una precisión exasperante.

No necesitaba voltear. Ese olor a sándalo y autoridad solo podía pertenecer a una persona.

—La zona de producción está restringida para el personal que no tiene un propósito operativo, Romy. Y no creo que tu propósito sea comerte las muestras de control de calidad.

Me giré lentamente, sosteniendo una espátula de acero como si fuera un cetro. Apolo estaba allí, con la camisa impecablemente planchada (a diferencia de la que arruiné en la piscina) y una expresión que gritaba que era el dueño del mundo.

—Para tu información, "querido primo", estoy revisando los niveles de viscosidad del lote 402. Ese que, por cierto, está saliendo más amargo de lo normal porque parece que tú diriges esta fábrica con la misma alegría con la que vas a un funeral.

Apolo soltó una risa seca, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de mí. El calor de las máquinas no era nada comparado con la temperatura que subió en el ambiente de repente.

—¿Ahora eres experta en viscosidad? —se burló, cruzándose de brazos—. Hace cinco años no sabías distinguir un grano de cacao de una almendra.

—Hace cinco años tú no eras un robot sin alma —le espeté, dejando la espátula sobre la mesa de acero con un golpe seco—. ¿Qué te pasa, Apolo? ¿Fabiana te pone demasiado almidón en el cerebro o es que Agatha finalmente logró extraerte el corazón por completo?

—No metas a Fabiana en esto —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Y no hables de cosas que no entiendes. Dirigir este imperio no se trata de hacer bombones bonitos, se trata de números, de contratos y de mantener el apellido en la cima.

—¡Se trata de pasión! —grité, gesticulando con las manos—. Mi padre decía que si el chocolate no se hace con amor, sabe a tierra. Y créeme, Apolo, tus últimos lotes saben a polvo de oficina.

—¡Pasión! —Apolo dio un paso más, invadiendo mi espacio personal—. Hablas de pasión como si fuera algo que se puede medir en una balanza. Eres una sentimental, Romy. Siempre lo fuiste. Por eso llorabas cuando se morían las mariposas y por eso te escondes aquí para no enfrentar la realidad de que este mundo te queda grande.

—¿Que me queda grande? —sentí la sangre hervir—. Lo que me queda grande es tu arrogancia. Eres tan egocéntrico que si te cayeras al suelo, le pedirías al piso una disculpa por haberte golpeado.

—Al menos yo sé dónde piso —respondió él con una sonrisa arrogante—. Tú, en cambio, vas por la vida tropezando con piscinas y con sentimientos que ya no existen.

—¡Te odio! —le di un empujón en el pecho, pero fue como empujar una pared de granito—. ¡Te odio por ser tan frío y por haberte convertido en este extraño!

—¡Pues odiame más fuerte, a ver si así dejas de mirarme como si fuera tu héroe de la infancia!

La discusión subió de tono. Nos gritábamos en medio del pasillo de la sección de enfriamiento, una zona que a esa hora estaba desierta porque los obreros estaban en el cambio de turno. Entre manoteos y reproches, Apolo intentó sujetarme de los hombros para que me quedara quieta, pero el suelo estaba ligeramente resbaladizo por los aceites naturales del cacao.

—¡Suéltame, Apolo! —forcejeé.

—¡Cálmate de una vez, Romy! —él intentó dar un paso atrás para recuperar el equilibrio, pero su zapato patinó.

Sus ojos se abrieron de par en par. Sus manos soltaron mis hombros para buscar aire, y antes de que pudiera decir "chocolate", Apolo se fue de espaldas. El sonido de su cuerpo golpeando el suelo fue sordo y alarmante.

—¡Apolo! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo.

Se quedó inmóvil. El hombre de hierro estaba tirado en el frío concreto, con los ojos cerrados y la respiración aparentemente detenida. El pánico me invadió. Me arrodillé a su lado, olvidando todas nuestras peleas, el abandono de las cartas y a la odiosa de Fabiana.

—¡Apolo! ¡Por favor, despierta! —le di unos toquecitos en la mejilla, pero no reaccionaba—. ¡Apolo, no bromees con esto! ¡Si te mueres ahora, Agatha me va a culpar y no quiero ir a la cárcel por tu culpa! ¡Apolo!

Mis manos temblaban mientras buscaba su pulso en el cuello. Estaba por gritar por ayuda cuando, de repente, sentí que una de sus manos rodeaba mi muñeca con una fuerza sorprendente.

Sus ojos se abrieron lentamente, pero no había rastro de dolor en ellos. Al contrario, una sonrisa pícara y triunfante se dibujó en sus labios.

—Aun te preocupas por mí, pequeña —susurró con una voz ronca que me recorrió toda la columna vertebral.

Me quedé helada. La rabia regresó con el triple de fuerza.

—¡Eres un animal! —grité, tratando de levantarme y zafarme de su agarre—. ¡Me asustaste de muerte! ¡Suéltame ahora mismo, Apolo Villalobos!

—No —respondió con una determinación que me dejó sin aliento.

En un movimiento rápido que no vi venir, Apolo aprovechó mi impulso para girarnos en el suelo. En un segundo, la situación cambió drásticamente. Yo estaba de espaldas contra el frío concreto y él estaba encima de mí, sosteniendo mis manos sobre mi cabeza, atrapándome con el peso de su cuerpo y la intensidad de su mirada.

El silencio en la fábrica se volvió absoluto. Solo se escuchaba el zumbido lejano de una caldera y nuestras respiraciones agitadas que se mezclaban en el aire caliente.

—Suéltame —dije, aunque mi voz ya no tenía fuerza.

—¿Por qué? —preguntó él, acercando su rostro al mío. Podía ver las pequeñas chispas doradas en sus ojos oscuros—. ¿Por qué te asustaste tanto, Romy? Si tanto me odias, mi caída debería haber sido motivo de celebración para ti.

—No quiero que te mueras, solo quiero que dejes de ser un imbécil —respondí, tratando de mantener la mirada fija, aunque mi corazón estaba tratando de escaparse de mi pecho.

—Pasaste cinco años fuera —dijo él, ignorando mi insulto. Su voz bajó de volumen, volviéndose íntima, casi un secreto—. Cinco años en los que intenté borrarte de mi cabeza. Cinco años en los que me convencí de que ya no eras importante. Pero regresas... regresas con esa risa, con esos ojos y con esa forma de desafiarme... y me doy cuenta de que soy un mentiroso.

—Tienes una prometida, Apolo —le recordé, aunque el recordatorio dolía más que el suelo duro—. Tienes tres años con ella.

—Fabiana es lo que el mundo espera de mí —susurró, acercándose tanto que su nariz rozó la mía—. Pero tú... tú eres lo que yo espero de mí mismo.

—Mientes —susurré, cerrando los ojos porque no podía soportar la verdad que veía en los suyos.

—Mírame, Romy. Mírame y dime que no sientes esto.

Sentí su mano soltar una de las mías para acariciar mi mandíbula. Su pulgar rozó mi labio inferior y sentí un escalofrío que me hizo jadear. Apolo eliminó casi todo el espacio que quedaba entre nosotros. Podía sentir el calor de su piel, la fuerza de sus músculos pegados a mi cuerpo y ese magnetismo antiguo que siempre nos había unido.

Sus labios estaban a milímetros de los míos. Podía sentir su aliento cálido, ese sabor a chocolate amargo y deseo contenido. Yo no me moví. No pude. Quería besarlo y quería matarlo, pero sobre todo, quería que el tiempo se detuviera ahí mismo, en ese casi beso que olía a prohibido y a verdad.

—Apolo... —susurré su nombre como un ruego.

Él no respondió con palabras. Solo cerró los ojos y se inclinó, buscando finalmente mis labios, mientras mi mano se enredaba en su cabello mojado por el sudor del esfuerzo...

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