Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire de la tarde en San Valente era pesado, cargado con el aroma dulzón del cacao fermentado y la humedad de la selva cercana. Luciano y yo caminábamos por los senderos de piedra del jardín trasero, lejos de los ojos de águila de Agatha y de la presencia gélida de Apolo. A lo lejos, podía escuchar los gritos de mi tía Titi, que seguía en mi habitación peleándose con las cortinas negras que Agatha había ordenado colgar.
—¡Romy, por el amor de Dios, este cuarto parece la cueva de Batman! ¡Necesito fucsia, necesito vida! —gritaba desde la ventana del segundo piso, sacudiendo un pañuelo.
Sonreí de lado, pero la sonrisa no llegó a mis ojos. Luciano se detuvo cerca de la fuente de los querubines de mármol y se giró hacia mí, con las manos apoyadas en el cinturón de su uniforme.
—Romy, hablo en serio —dijo con esa voz grave que siempre me transmitía calma—. Vámonos de aquí. Mi madre tiene espacio en la pensión, sabes que te adora. No tienes por qué aguantar los desplantes de Agatha ni las caras de piedra de Apolo. Esa casa... esa casa te está chupando el alma otra vez.
Suspiré, pateando una piedrita en el sendero.
—No puedo, Luciano. Créeme que es lo que más deseo, pero no es tan simple.
—¿Por qué no? Eres mayor de edad, tienes un título universitario. Tienes pies para caminar y yo tengo un patrullero para sacarte de aquí en cinco minutos.
—Es el testamento de mi padre —confesé, sintiendo el peso de la ley sobre mis hombros—. Antes de morir, él dejó una cláusula de protección. Supongo que quería asegurarse de que no desperdiciara la fortuna o que tuviera guía familiar. Nombró a mi tío y a Agatha como mis albaceas legales hasta que cumpla los veintiún años.
Luciano abrió los ojos de par en par, dejando escapar un silbido de incredulidad.
—¿Los veintiuno? Pero Romy, acabas de cumplir veinte. ¡Eso es una locura! Te falta un año entero. ¿Me estás diciendo que legalmente estás atada a los caprichos de esa mujer por trescientos sesenta y cinco días más?
—Exactamente. Si me voy ahora, Agatha tiene el poder legal de congelar mis cuentas, impugnar mi herencia y, lo que es peor, declarar que abandoné mis responsabilidades en "El Deleite". Mi padre quería que aprendiera el negocio desde adentro antes de ser la dueña absoluta. Un año, Luciano... Solo tengo que sobrevivir un año en esta jaula de oro y seré libre.
Luciano negó con la cabeza, acercándose un paso más a mí. La luz del atardecer le daba un brillo dorado a su piel.
—Un año es mucho tiempo para estar rodeada de tiburones, flaca. Te van a volver loca.
—Tengo a Titi conmigo —dije intentando sonar animada—. Y te tengo a ti cerca, ¿no?
Luciano no respondió de inmediato. Se quedó mirándome con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo el hambre, la herencia y a los Villalobos. El ruido de la fuente era lo único que nos rodeaba. Se acercó tanto que pude oler el jabón neutro de su uniforme y ver una pequeña cicatriz que tenía sobre la ceja.
—Me tienes para lo que sea, Romy. Siempre —susurró.
Su mano subió con lentitud y acarició mi mejilla. Fue un contacto suave, eléctrico. Luciano siempre había sido mi protector, pero en ese momento, la forma en que me miraba no era la de un hermano mayor. Sus ojos bajaron a mis labios y yo, por un segundo, me permití cerrar los ojos. Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Tal vez esto es lo que necesito, pensé. Alguien que me quiera de verdad, sin condiciones, sin pedirme que sea una talla distinta.
Estaba por acortar la distancia, sus labios estaban a centímetros de los míos, cuando un ruido seco rompió la magia.
¡GRRRRR!
Me tensé de inmediato. Era un gruñido profundo, de esos que te hacen vibrar los huesos.
—¿Qué fue eso? —preguntó Luciano, poniéndose alerta y llevando la mano instintivamente a su radio.
—Los perros de Apolo —dije, frunciendo el ceño—. Son dos Dóberman enormes, pero siempre están encerrados en el canil hasta después de la medianoche. Agatha dice que arruinan el césped.
Un ladrido feroz resonó justo detrás de los arbustos de rosas.
—¡Corren libres! —exclamé al ver una mancha negra pasar a toda velocidad entre las flores.
—¡Romy, espera! —gritó Luciano, pero mi instinto de supervivencia fue más rápido.
Yo no era una atleta, pero el miedo a los perros de presa me dio alas. Di media vuelta y eché a correr hacia la zona de la terraza, donde la iluminación era mejor. Mis zapatos de tacón bajo golpeaban el pavimento mientras sentía que el aliento de las bestias me pisaba los talones. Luciano venía detrás de mí, pero yo solo pensaba en llegar a la seguridad de las puertas de vidrio.
—¡Cuidado! —gritó una voz masculina desde algún lugar al frente.
No tuve tiempo de reaccionar. Al doblar la esquina de la pérgola de buganvilias, choqué de frente contra algo sólido. Muy sólido. No era una pared, era un pecho firme cubierto por una camisa de lino que olía a sándalo.
—¡Ahhh! —grité por el impacto.
—¡Pero qué demonios...! —exclamó la voz de Apolo.







