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Capítulo 3: El amargo sabor de la traición y un abrazo del pasado

 

El aire en el salón principal de la hacienda "El Deleite" era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina. El rechazo de Apolo todavía vibraba en mis oídos, una frecuencia sorda que me hacía doler los dientes. Traté de recomponerme, de alisar mi vestido negro y recordar que yo también era una Villalobos, aunque nadie en esta casa pareciera recordarlo.

Fue entonces cuando la vi.

Bajaba las escaleras del brazo de Agatha, moviéndose con una gracia felina que parecía coreografiada. Era alta, de una delgadez que desafiaba la gravedad y con una melena rubia platino que brillaba bajo las lámparas de cristal. Si Agatha era el hielo, esta mujer era el vacío absoluto.

—Romy, querida, deja de mirar al vacío y ven a saludar —ordenó Agatha con su tono de general—. Ella es Fabiana de la Torre. La prometida de Apolo.

El mundo se detuvo. Prometida. La palabra golpeó mi pecho como un mazo. Apolo no solo me había olvidado; me había reemplazado con la antítesis de todo lo que yo era.

Fabiana se acercó, envolviéndome en una nube de perfume francés que me dio náuseas. No me dio la mano; me tomó de los antebrazos y rozó sus mejillas con las mías en un gesto de afecto tan falso que me erizó la piel.

—¡Oh, pero si eres una muñeca! —exclamó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos azul pálido—. Apolo me había hablado de su "primita", pero no me dijo que eras tan... —sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose apenas un segundo de más en mis caderas— ...tan abundante. Es un placer conocerte al fin.

—Igualmente —mentí, sintiendo que la garganta se me cerraba.

—Debes estar agotada por el viaje —continuó Fabiana, entrelazando su brazo con el de Apolo, quien acababa de acercarse con el rostro de piedra—. Le decía a Apolo que es una pena que te hayas perdido tantas cosas estos últimos años. Nosotros llevamos tres años juntos, ¿sabes? Tres años maravillosos. Ha sido mi roca desde que empezamos nuestra relación.

Tres años.

La cuenta matemática en mi cabeza fue instantánea y devastadora. Tres años desde que dejó de escribirme. Tres años desde que sus correos se volvieron silencio. No fue la madurez, no fue la carga de trabajo, ni la "crisis" de la empresa. Fue ella. Él se había enamorado, y en su nuevo mundo de perfección y modelos, no había espacio para la prima gorda que le escribía poemas y recetas de chocolate desde el extranjero.

Me quedé ahí, de pie, sintiéndome como un mueble viejo y estorboso en medio de su cuadro de felicidad perfecta. Apolo no me miraba; mantenía la vista fija en algún punto de la pared, como si mi sola presencia fuera una mancha que quería ignorar.

—Qué bien —fue lo único que alcancé a decir, tragándome el orgullo y las lágrimas.

Pero justo cuando sentía que el suelo iba a tragarme, las enormes puertas dobles de la mansión se abrieron de par en par. El sonido del metal chocando contra el mármol rompió el ambiente fúnebre.

—¡Abran paso, que llegó la alegría de este funeral! —gritó una voz estridente, vibrante y cargada de una energía que no pertenecía a ese lugar.

Era mi tía Titi. La hermana menor de mi madre.

Si los Villalobos eran mármol y diamantes, Titi era lentejuelas de oferta, plumas de colores y un corazón que no le cabía en el pecho. Entró con paso firme, luciendo un vestido de flores demasiado brillante para un luto, cargada de bolsas de papel que olían a empanadas de calle y un abanico que agitaba con una gracia teatral.

—¡Mi Romy! ¡Mi gorda bella, mi tesoro, mi pedazo de cielo! —gritó al verme.

Corrió hacia mí, ignorando por completo la mirada de asco de Agatha y la confusión de Fabiana. Detrás de ella, una figura alta y uniformada caminaba con una sonrisa que iluminó la habitación. Era Luciano, mi mejor amigo de la infancia, el hijo del antiguo jardinero que ahora lucía con orgullo su uniforme de oficial de policía.

—¡Tía Titi! —exclamé, y por primera vez en años, sentí que podía respirar.

Titi me envolvió en un abrazo que olía a talco de rosas y a vida. Me apretó tanto que casi me deja sin aire, llenándome la cara de besos con un carmín rojo intenso.

—Mírate, niña, ¡estás hermosa! —me dijo, apartándome un poco para verme—. Tienes esa cara de ángel de tu madre. No le hagas caso a estas momias estiradas —dijo señalando a Agatha con el abanico—, que lo que tienen es envidia porque tú sí tienes dónde agarrar y ellas parecen palos de escoba envueltos en seda.

—¡Titi, por favor, ten un poco de decoro! —exclamó Agatha, roja de la rabia—. Estamos de luto.

—¡El luto se lleva en el alma, vieja amargada, no en la cara de estreñimiento! —le respondió Titi con una carcajada—. Yo vengo a ver a mi sobrina, que es lo único que vale la pena en esta casa de locos.

Sentí una mano firme y cálida en mi hombro. Me giré y me encontré con los ojos de Luciano. Ya no era el niño flaco que me ayudaba a robar mangos; era un hombre imponente, con una presencia que transmitía seguridad.

—Hola, Romy —dijo con una voz suave que me acarició el alma.

—¿Luciano? —susurré.

Sin decir una palabra más, Luciano me rodeó con sus brazos en un abrazo protector, de esos que te hacen sentir que nada malo puede pasarte. Apoyé mi cabeza en su pecho, sintiendo el metal de su placa y el latido constante de su corazón.

—Te extrañé, flaca —me susurró al oído, usando el apodo irónico que me puso cuando éramos niños—. Supe que habías llegado y no pude aguantar. ¿Cómo estás?

—Ahora mejor —respondí, aferrándome a él.

Apolo carraspeó, y al levantar la vista, lo vi mirándonos. Sus ojos ya no estaban muertos; había una chispa de algo que no supe identificar. ¿Enojo? ¿Celos? ¿Fastidio? Se soltó bruscamente del brazo de Fabiana.

—Oficial, no creo que este sea el momento para visitas sociales —dijo Apolo con un tono cortante.

—Vengo como amigo de la familia, Apolo —respondió Luciano, sin soltarme, enfrentando la mirada del heredero con una calma envidiable—. O al menos, como amigo de Romy. Y ella parece que necesitaba un abrazo más que un sermón sobre la empresa.

Titi se puso en medio, abanicándose con fuerza.

—¡Eso es, mi policía precioso! —dijo Titi, guiñándole un ojo a Luciano—. Romy, mi amor, no te me angusties. Tu tía ha llegado y traigo conmigo la receta de la felicidad: unas empanadas que compré en la esquina y todo el chisme de San Valente. Vamos a tu cuarto, que tengo que contarte por qué la hija de la panadera terminó de monja y luego se escapó con el sacristán.

—Romy tiene que revisar documentos con los abogados —intervino Agatha, tratando de recuperar el control.

—Romy tiene que comer y reírse —sentenció Titi, tomándome del brazo—. Ustedes sigan con sus entierros y sus herencias. Mi niña se viene conmigo.

Mientras Titi me arrastraba hacia las escaleras y Luciano caminaba a nuestro lado, sentí la mirada de Apolo clavada en mi espalda. Por primera vez desde que llegué, no me sentía pequeña. El contraste entre la frialdad de los Villalobos y el calor estrafalario de mi tía me recordó quién era yo.

Había entendido que Apolo me había cambiado por un modelo de perfección, pero también había descubierto que, en los márgenes de su mundo perfecto, todavía quedaban personas que me amaban tal como era. Y mientras subía los escalones, escuchando las risas de Titi y sintiendo la presencia firme de Luciano, me hice una promesa: si Apolo quería guerra y distancia, eso es lo que tendría. Pero nunca más volvería a permitir que su silencio fuera mi prisión.

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