El refugio de la abadía parecía haberse encogido bajo el peso de las verdades reveladas. En una pequeña habitación lateral, lejos de los planos de guerra y el olor a pólvora, el aire era distinto.
Marco, intentaba incorporarse de la cama de madera. Cada movimiento le arrancaba una mueca de agonía, las costillas golpeadas protestaban y la herida de su hombro latía con un ritmo febril. Sin embargo, el dolor físico era apenas una molestia comparada con el incendio que rugía en su mente.
— Marco, quédate quieto. Te vas a abrir los puntos — le advirtió Elena, acercándose con una palangana de agua tibia y paños limpios para asear sus heridas.
— No puedo quedarme quieto, Elena, siento que mi piel no me pertenece — respondió él, logrando sentarse en el borde del jergón. Su mirada estaba perdida en la piedra desnuda de la pared — He pasado diez años encarcelando a hombres con el apellido Ferraro, y he jurado ante la bandera proteger a Italia de la lacra que, según yo, representaba mi propia sa