El refugio de la abadía parecía haberse encogido bajo el peso de las verdades reveladas. En una pequeña habitación lateral, lejos de los planos de guerra y el olor a pólvora, el aire era distinto.
Marco, intentaba incorporarse de la cama de madera. Cada movimiento le arrancaba una mueca de agonía, las costillas golpeadas protestaban y la herida de su hombro latía con un ritmo febril. Sin embargo, el dolor físico era apenas una molestia comparada con el incendio que rugía en su mente.
— Marco, q