El silencio en la capilla de la abadía era tan pesado que parecía tener masa física. Las llamas de los cirios oscilaban levemente, proyectando sombras alargadas sobre los frescos desgastados de los santos que, desde el techo, observaban el tormento de Darío Ferraro.
Él seguía allí, de pie, con la fotografía de Alessia y Gracia temblando apenas entre sus dedos. La revelación del Cardenal Guibelei no solo había sido una noticia, había sido un terremoto que había demolido los cimientos de su propi