El refugio del Cardenal Guibelei olía a incienso viejo y a humedad de piedra antigua, un contraste irónico con la crudeza de lo que ocurría en su sótano. Darío Ferraro, con la mandíbula apretada y una precisión que solo años de guerra y cicatrices otorgan, limpiaba con alcohol una de las heridas más profundas en el costado de Marco.
— ¡Maldita sea, quédate quieto! — gruñó Darío, presionando una gasa sobre el tejido vivo.
Marco soltó un alarido ahogado, mietras sus dedos se hundían en los bordes