El refugio del Cardenal Guibelei olía a incienso viejo y a humedad de piedra antigua, un contraste irónico con la crudeza de lo que ocurría en su sótano. Darío Ferraro, con la mandíbula apretada y una precisión que solo años de guerra y cicatrices otorgan, limpiaba con alcohol una de las heridas más profundas en el costado de Marco.
— ¡Maldita sea, quédate quieto! — gruñó Darío, presionando una gasa sobre el tejido vivo.
Marco soltó un alarido ahogado, mietras sus dedos se hundían en los bordes de la mesa de madera donde estaba recostado. El sudor le empapaba el cabello, y su piel tenía un matiz grisáceo que delataba la pérdida de sangre.
— Si... si querías terminar el trabajo de Greco... — jadeó el policía — solo tenías que dejarme allá, Ferraro. No hace falta que me tortures tú mismo.
— Cierra la boca, estoy evitando que te desangres por una arteria que esos animales casi te revientan — Darío tomó una aguja quirúrgica y seda, sus manos expertas no temblaban — ¿Qué fue lo que me diji