La opulencia de la mansión de Stefano Greco en Roma se sentía como una jaula de oro con los barrotes recién pulidos.
Luciana Mancini se miró en el espejo del gran salón, ajustándose el collar de perlas que se sentía como una soga, el Barón Fabrizio Aldobrandi d’Arezzo entró con esa arrogancia aristocrática que le nacía de los apellidos y no del carácter.
— Te ves deliciosa, mi pequeña Baronesa — dijo Fabrizio, acercándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos — Stefano dice que eres u