El aire en los muelles de Livorno era una mezcla espesa de salitre y diesel, una amalgama rancia que se pegaba a la garganta como una advertencia.
Pero dentro de la bodega de los Greco, el ambiente era distinto, allí solo olía a muerte reciente, a hierro oxidado y al sudor frío del miedo. Darío Ferraro se había infiltrado en aquel santuario de ratas a pesar de las negativas de Elena, quien le había suplicado que esperara a tener más refuerzos.
Pero Darío no sabía esperar. No cuando la vida de u