El aire en los muelles de Livorno era una mezcla espesa de salitre y diesel, una amalgama rancia que se pegaba a la garganta como una advertencia.
Pero dentro de la bodega de los Greco, el ambiente era distinto, allí solo olía a muerte reciente, a hierro oxidado y al sudor frío del miedo. Darío Ferraro se había infiltrado en aquel santuario de ratas a pesar de las negativas de Elena, quien le había suplicado que esperara a tener más refuerzos.
Pero Darío no sabía esperar. No cuando la vida de un hombre al que una vez odió, pero que ahora respetaba, pendía de un hilo.
Él ajustó el silenciador de su Beretta con una calma gélida, moviéndose entre las sombras como una presencia espectral que el mismo infierno había escupido para ajustar cuentas. Sus botas no emitían el más mínimo roce contra el suelo manchado de grasa.
— Dos en la entrada, patrón — susurró la voz de Alex a través del pinganillo, casi imperceptible — ¿Orden?
— Silencio absoluto, Alex — respondió Darío con voz de ultratumba