Marco la amaba. Marco la odiaba. Y ella era la razón. Se sintió como una piedra arrojada a un estanque, provocando ondas de caos sin control.
Dario la tomó del brazo con una firmeza que no permitía discusión. No había ternura ni rabia, solo la frialdad pétrea de un estratega.
La guio fuera de la suite a un estudio adyacente de paredes forradas de madera oscura y una chimenea. El lugar olía a historia, a viejos acuerdos sellados con sangre y a leyes no escritas.
— Tu nombre ahora es Chiara — dij