El aire dentro del conducto de ventilación era sofocante, cargado con el olor acre del metal quemado y el vapor que aún se filtraba del nivel inferior.
Elena se arrastraba, ignorando el dolor punzante en sus rodillas y la abrasión de sus codos, llevaba la misma ropa dese que la habían secuestrado, como un recordatorio constante de su cautiverio, pero ahora se movía con la precisión silenciosa de un fantasma.
Su mente estaba fija en una imagen, Marco, de pie frente a Visconti, asumiendo la culpa