El aire se llenó del olor a metal quemado y azufre, Marco se armó de valor y levantó las manos, pero no en señal de rendición, sino como si estuviera a punto de cometer un acto desesperado de sabotaje.
— Aquí está — murmuró, preparándose para el primer grito que viniera del corredor.
Marco se dio la vuelta, y en ese instante, Greco y dos guardias salieron disparados de la esquina opuesta, no tuvieron tiempo de entender la escena, el humo, el vapor, las luces de la alarma, solo vieron a Marco pa