Ahora, la mentira de Giubilei debía ser cimentada con pruebas.
El Cardenal Giubilei caminó hacia un rincón de su estudio y se sentó, esperaba poder respirar profundo y tranquilizar a si viejo corazón, sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número.
Esperó tres tonos antes de que una voz grave y somnolienta respondiera al otro lado.
— ¿Sí?
— Soy yo, Padre Elías, perdón por la hora, pero necesito de su fe ciega, y de su lealtad más absoluta — Giubileile dijo con urgencia.
El Padre Elías, párroco