El aire en el pequeño cuartito del sótano de la Curia se había vuelto pesado, cargado de las brasas de la ira helada de Monseñor Visconti, Elena temblaba, no solo por el frío húmedo del suelo, sino por la humillación de la presión psicológica a la que había sido sometida una vez más.
Las palabras de Visconti eran veneno que se filtraba, intentando convencerla de que su hermano, Darío, era un homicida y un traidor.
Marco la observaba desde la moldura de la puerta. Había pasado más de una hora cu