El Cardenal Giubilei se deslizó de nuevo a la luz de la mañana con la habilidad de un espectro acostumbrado a la penumbra, el olor a ozono que emanaba del túnel de acceso a la Cámara de las Penas se desvaneció rápidamente, reemplazado por el aire frío y húmedo que anunciaba el amanecer romano.
El cielo sobre la Basílica de San Pedro comenzaba a pasar de un negro profundo a un gris ceniza, pero las luces interiores de la Curia ya estaban encendidas, proyectando rectángulos amarillos sobre el pav