— Hemos asegurado el paquete — dijo Giubilei, con voz cansada, pero con un rastro de victoria — Pero no podemos quedarnos, mi ausencia levantará sospechas en cuestión de horas, Visconti no es tonto, cuando no me encuentre en mi residencia, sabrá que yo fuiparte de todo esto.
Luciana, pálida y apoyada contra la pared de plomo, asintió, aunque el movimiento le costó una mueca de dolor.
— ¿Cómo salimos de aquí? — preguntó ella — ¿debe ser ya? Estoy muerta de cansancio y el hombro… me duele…
— Nece