El miedo era un vapor gélido que asfixiaba el pequeño túnel de acueducto. El sonido, ese chasquido húmedo de un pie sobre la piedra, era real, y la figura, oscura y detenida al final del pasaje, era inconfundiblemente la silueta de un hombre armado.
Giubilei retrocedía, susurrando el nombre de los “Vigilantes” como si fueran criaturas de una leyenda trasmitida a través de los siglos.
Luciana había desenfundado su ar*ma, la pis*tola era peso tranquilizador en su mano temblorosa que le infundía a