El pensamiento de Elena era la tabla de salvación que lo alejaba del abismo emocional. Darío sacó un mapa plegado de Roma que había guardado en su bolsillo, un mapa turístico que era inútil en el subsuelo, pero que le servía para concentrarse.
Sacó la linterna de Giubilei y la apuntó al mapa.
— No vamos a dormir, ¿verdad? — La voz de Luciana, ronca y baja, lo sorprendió, ella estaba despierta, observándolo.
— Yo no, no puedo, pero tú si debes descansar, duerme y yo haré guardia — admitió Darío,