En el promontorio rocoso, Darío y Elena estaban inmóviles, como estatuas de sal, observando el despliegue del equipo Némesis, observaron cómo dos buzos de la lancha de apoyo comenzaban a investigar el yate hundido y cómo el resto del equipo rastreaba la orilla.
— Se están concentrando en el agua — susurró Darío, con los ojos entrecerrados — Eso es bueno, les hemos hecho creer que nos ahogamos.
No había acabado de decirlo en voz alta, cuando, entonces, algo en la lancha negra llamó su atención.