En el promontorio rocoso, Darío y Elena estaban inmóviles, como estatuas de sal, observando el despliegue del equipo Némesis, observaron cómo dos buzos de la lancha de apoyo comenzaban a investigar el yate hundido y cómo el resto del equipo rastreaba la orilla.
— Se están concentrando en el agua — susurró Darío, con los ojos entrecerrados — Eso es bueno, les hemos hecho creer que nos ahogamos.
No había acabado de decirlo en voz alta, cuando, entonces, algo en la lancha negra llamó su atención.
Cuatro hombres se concentraron en un punto específico en la línea de escombros, cerca de donde el humo finalmente se había disipado, vio movimientos bruscos y que subían algo a la lancha.
El corazón de Darío se detuvo, un miedo primario, más grande que la explosión y el choque, le paralizó la garganta y casi le corta la respiración.
— Están sacando algo del agua — Darío entrecerró los ojos, intentando ver a través de la distancia — Es grande...
La figura empapada fue depositada en la cubierta de