El sol acababa de asomar en el horizonte oriental, pintando el Mar Tirreno con tonalidades melocotón y oro oxidado.
La éter, el yate deportivo, cortaba las olas con una velocidad constante, dejando una estela blanca y espumosa que se disolvía tras ellos, como si borrara el rastro de su huida.
Darío estaba al timón, su rostro duro y angular profundamente atractivo se iluminaba por la luz del amanecer, pilotar el yate era un acto de reflejo, una danza familiar heredada de los veranos con su padre