La huida fue tan brutal como los últimos días, una total locura.
Tras pasar una par de semanas navegando de un lugar a otro y sin tocar tierra, al fin abandonaron el puerto privado y dejaron el yate atrás, el convoy blindado se tragó la distancia en un silencio tenaz, llevando a Luciana de la caótica Costa Amalfitana a las profundidades de la Toscana.
El paisaje exterior, bañado en el oro de la tarde, ofrecía un contraste engañoso de viñedos perfectos e hileras de cipreses antiguos que ascendía