— Es por su salud. No me hagas repetirlo, Ferraro. Tu traje está empapado. Si no te lo quitas, empeorará el malestar. Yo me encargaré, pero solo para que no mueras congelado, ¿Me oyes?
Luciana no esperó su respuesta. Se acercó a él, ignorando el fango en el suelo y la burla en sus ojos. El traje Armani era un peso muerto totalmente empapado, una segunda piel de lodo y lana fría.
Primero, el reloj de platino, lo desabrochó con rapidez y lo dejó sobre el mármol del lavabo. Luego, la corbata, que