Reclamada por un licantropo

Reclamada por un licantropoES

Fantasía
Última actualización: 2026-06-13
Némesis  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Me secuestraron y luego me soltaron a mi suerte, pero no para ser libre. Ahora estoy en una carrera desesperada por mi vida en medio de este bosque infinito, perseguida por bestias que parecen sacadas de mis peores pesadillas. Justo cuando pensaba que todo terminaba, apareció él: una criatura más grande, más salvaje y mucho más mortífera que mis cazadores. Jason es un hombre-lobo, un ser intimidante que irradia peligro en cada centímetro de su cuerpo. Debería estar aterrorizada, pero por alguna razón que no puedo explicar, no puedo dejar de desearlo

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Capítulo 1

1

Capítulo 1

Deseaba con todas mis fuerzas poder retroceder el tiempo, despertar esta mañana y empezar de nuevo. Habría dado lo que fuera por borrar las últimas horas, pero desearlo no iba a salvar mi vida... ni mi cordura.

En lugar de eso, seguí corriendo. Mi costado era un incendio de dolor y mis pulmones ardían con cada bocanada de aire frío.

Esquivé un tronco, pero tropecé con una raíz traicionera; mi tobillo se dobló y el dolor punzó con fuerza, pero logré mantenerme en pie.

El miedo era tan devorador que apenas registré el daño físico. Si me rendía, moriría más rápido, pero no quería ver el final mientras aún tuviera aliento.

Detrás de mí, el sonido rítmico de pies golpeando la tierra se acercaba. Se me inundó el pecho de terror. Quise gritar, pero no me quedaba aire; solo un gemido ahogado escapó de mis labios.

Sé que son más rápidos que yo. Ya podrían haberme atrapado, pero están jugando conmigo, y eso es mil veces peor. ¿Qué clase de juegos retorcidos me esperan cuando me alcancen?

Para no sucumbir al agotamiento de mis músculos, mi mente se escapó hacia el inicio de este desastre.

Todo empezó a las cinco de la mañana.

Metí mi bolsa en el coche, emocionada por el viaje de cinco horas para ver a mi mejor amiga, Jenny. Íbamos a comprar, a charlar... a disfrutar. Todo se fue al infierno cuando me detuve a cargar gasolina. El peor maldito lugar del mundo.

Estaba terminando de llenar el tanque cuando una camioneta se detuvo detrás.

No les presté atención a los dos hombres que iban dentro, hasta que sentí unos brazos rodeándome.

Grité, pateé, luché, pero él era demasiado fuerte. Me lanzó dentro de la camioneta como un costal de papas y cerró la puerta.

Recuerdo la mirada de uno de ellos a través de la rejilla: un tipo de unos veinti tantos años con una cicatriz en la barbilla y ojos fríos, cargados de una lujuria que me dieron ganas de vomitar de puro miedo.

Por supuesto, ignoraron mis gritos mientras nos internábamos en el bosque, lejos de cualquier rastro de civilización.

Cuando la camioneta finalmente se detuvo, el terror me paralizó.

Pero mi instinto de supervivencia se encendió. No voy a dejar que me toquen sin pelear, me juré.

Si voy a morir, será luchando.

En cuanto abrieron la puerta, me lancé sobre mi secuestrador. ¿Con qué fuerza? No tengo idea, pero caímos al suelo y hundí mis uñas en sus párpados con toda mi rabia.

Él gritó, y sentí una satisfacción salvaje hasta que alguien me levantó por el cabello, tirando con tanta fuerza que sentí que me arrancaban el cuero cabelludo.

La cosa más dolorosa del mundo.

Entonces aparecieron los demás. El que parecía el líder, un tipo cuarentón a mi parecer tenía una cicatrices en la cara; detuvo al que yo había atacado.

—No, Joel, no puedes matarla todavía —gruñó.

—¡Mira lo que me ha hecho esta idiota! —gritó Joel, sangrando por los ojos.

—Cállate. Se curará esta noche —respondió el mayor, evaluándome como si fuera un trozo de carne— Queremos que luche. Hará que la caza sea más interesante.

¿Caza? Mi corazón casi se detiene.

—Le daremos quince minutos de ventaja —sentenció el líder—. Después, comienza la cacería. El que la capture se queda con su muerte. Déjenla en pedazos, pero dejen su cabeza intacta. Los Kingwolf deben saber que era una mujer.

No podía creer lo que oía. ¿Iban a comerme? ¿A despedazarme? Mi garganta se cerró cuando la bilis subió.

El líder de esa partida de enfermos miró a los otros, que ya empezaban a desnudarse en medio del claro del bosque, quedándose totalmente expuestos y listos para algo que mi mente asustada no lograba procesar.

—No te muevas hasta que yo lo diga —me advirtió el hombre mayor con una sonrisa asquerosamente maligna— Y después, corre como el viento, conejita. Quizás si corres lo suficiente, te maten rápido por la rabia en lugar de violarte primero.

Me quedé allí, congelada, mirando a esos hombres completamente desnudos y hambrientos. Esto tenía que ser una pesadilla, una horrible pesadilla. No podía ser real, ¿cierto? Pero el frío del bosque y el dolor de mi cuero cabelludo me decían que el horror acababa de empezar.

Me quedé allí, petrificada, viendo cómo esos hombres caían sobre sus manos y rodillas.

Jamás había visto un ritual satánico, pero este era como un ritual de esos; arqueaban sus espaldas y sacudían sus cabezas como si estuvieran rezando al mismísimo diablo.

Esto no puede ser real, pensé, tengo que estar alucinando.

Retrocedí, a punto de caer, pero el hombre mayor me atrapó.

Sus dedos se enredaron en mi pelo con violencia y me inmovilizó el brazo contra la espalda, a estás alturas mis articulaciones estaban gritando y mi cuero cabelludo también.

Se rió contra mi oído mientras yo parpadeaba, intentando borrar la imagen que tenía delante, es que... Era simplemente horrible.

—Oh, sí, es real —susurró con una diversión, tenía ganas de escupirle la cara Pero la posición en la que estaba no me lo permitia— El pelaje. Los huesos rompiéndose. Sus caras cambiando... Estás viendo un milagro de la naturaleza. Los hombres-lobo existen. Sorpresa.

Me soltó y tropecé hacia atrás contra un árbol. Cuatro pares de ojos maquiavelicos y hambrientos se fijaron en mí.

¡Oh m****a, m****a, m****a! Eran lobos. Unos putos lobos reales de un tamaño imposible. Yo leí crepúsculo y no me parecían así de horripilantes.

Un gemido estrangulado escapó de mi garganta mientras la adrenalina recorría mis venas como lava hirviendo.

—¡Corre, conejita! —gritó el líder— ¡Corre por tu vida!

Entendí entonces que para ellos yo no era humana; era una presa. Algo para perseguir y despedazar. Me di la vuelta y corrí como si los sabuesos del infierno me pisaran los talones... porque literalmente lo hacían.

Corrí durante lo que me pareció una eternidad. Mis pulmones eran puro fuego y mi costado me pinchaba con cada paso que daba, pero me negaba a rendirme, ni muerta me rendiría.

Entonces, escuché el sonido característico de patas golpeando el suelo musgoso, el jadeo de una bestia acercándose.

Algo golpeó mi espalda y salí volando. Caí de bruces, jadeando por aire. Al girarme, vi a uno de los lobos marrones acechándome, con los dientes al aire.

Sentía que mi vida pasaba ante mis ojos.

En un acto de desesperación, cuando saltó sobre mí, y no sé cómo, pero rodé y le lancé un puñado de tierra a los ojos.

El animal gimió, frotándose la cara con la pata, y aproveché ese segundo para ponerme en pie y seguir huyendo. En mi vida había Sido tan ágil como ahora.

Pero mi cuerpo estaba llegando a su límite. Otro lobo me cortó el paso, bloqueando mi única salida.

Animal de m****a.

Tropecé con el cuerpo peludo de un segundo lobo y caí de espaldas, agotada, viendo cómo ambos se preparaban para saltar y desmembrarme.

Cerré los ojos, esperando el final.

A ver, dije que ni muerta me rendiría pero es que estaba muy cansada, hasta respirar dolía.

Entonces, un destello negro salió de la nada.

Un lobo negro, mucho más grande y poderoso, embistió al que estaba a punto de atacarme.

¿Qué rayos?

El aire se llenó de gruñidos salvajes y el sonido de carne desgarrándose.

Me arrastré como pude lejos de la pelea, viendo con horror y fascinación cómo el lobo negro se enfrentaba a los otros dos. Era una máquina de matar. Este si se parecía a los de Crepúsculo.

Con una fuerza brutal, desgarró la garganta del primero y, en segundos, acabó con el otro.

Me puse en pie, mareada, e intenté correr de nuevo, pero choqué contra una rama baja.

Que bruta.

El dolor en mi frente fue insoportable. Al tocarme, sentí la sangre caliente empapando mis dedos. El mundo empezó a dar vueltas.

Me desplomé, viendo a través de una neblina cómo el lobo negro terminaba con un tercer atacante que intentaba huir.

Cuando terminó, se volvió hacia mí. Sus ojos no eran salvajes; eran de un color chocolate fundido, profundos e hipnotizantes. Se acercó lentamente. Yo estaba segura de que era la siguiente en su lista. Por lo menos tendría una muerte rápida.

Pero entonces, hizo algo que me dejó atónita: movió la cola.

Hizo un suave gemido y agachó la cabeza, ofreciéndome una extraña señal de amistad.

Me quedé mirándolo, y mientras lo hacía, su cuerpo empezó a cambiar. El hocico se acortó, el pelaje desapareció y sus patas se convirtieron en manos bronceadas.

En segundos, el lobo se transformó en un hombre.

Era un hombre imponente, desnudo y cubierto de un brillo de sudor y sangre. Incluso de rodillas, su presencia era abrumadora.

Tenía una mandíbula dura, pómulos marcados y unos ojos que me miraban con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar. Estiró una mano y me acarició la frente.

—Vas a estar bien —su voz era muy profunda y ronca, pero muy sexy—. Estás a salvo. Yo los maté.

Quise hablar, quise gritar o preguntar mil cosas, pero mi mente estaba en shock.

Solo podía observar sus músculos definidos, su fuerza bruta y el extraño magnetismo que emanaba.

Cuando me levantó en sus brazos, ocurrió la cosa más extraña del mundo, bueno otra de las cosas más extrañas del mundo, sentí que por fin podía dejar de luchar.

La oscuridad me reclamó, y por primera vez en este día de pesadilla, cedí a ella con la sensación de que, por alguna razón, este hombre-lobo no me dejaría caer.

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