02. Traición

Pov Edana

Me quedé ahí, mirando a la nada, perdida, aferrada a los barrotes con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos.

"Yo fui quien mató a nuestro padre."

La voz de Vera no salía de mi cabeza; se seguía repitiendo con crueldad, una y otra vez, sin detenerse.

«Ella lo hizo», dijo mi loba de forma oscura. «Ella nos lo arrebató todo por envidia, lo mató como si no significara nada, como si su vida no valiera nada».

Temblé ante la rabia de Solana, cerrando los ojos y dejando que las lágrimas cayeran silenciosas.

Esto no podía ser verdad; tenía que ser una horrible pesadilla.

«No lo es, es muy real. Abre los ojos, Edana».

Me negué, recordando las palabras de mi padre, queriendo mantener una promesa que a cada segundo pedía romperse.

Mi loba quería sangre; yo quería protegerla.

«Y mientras me proteges, ella sigue allá afuera, robándote todo.»

—No…

«Ella sigue respirando mientras a nuestro padre le quitó ese derecho.»

—¡Basta!

Mi voz salió rota, llena de rabia, haciendo eco en las paredes frías.

Pero por más que quise detenerlo, el recuerdo regresó de forma cruel: su cuerpo inerte, sus ojos sin vida, la sangre saliendo de sus heridas, yo tratando de sostenerlo.

«Ve por ella, haz que sufra, que sienta su dolor»

—Ellos no pueden saber lo que eres Solana.

Era el último pedido de mi padre, tenía que mantener esa promesa, protegerla a ella, buscar otra salida...

«¿Así como también prometiste cuidar de Vera... cómo nuestro padre lo hizo?» se burló, aunque su tono carecía de gracia, «él la amaba y mira como le pagó»

Solté un suspiro tembloro recordando ese día:

Mi padre sosteniendo a Vera entre sus brazos con apenas dos años, diciendo que la amaba, que era uno de sus tesoros.

Yo estaba ahí, prometiendo cuidar de mi hermana pequeña.

Ahora esos recuerdos se teñían de sangre.

No, no puedo, se lo prometí.

«Entonces muere aquí abajo, sola, sin nada, mientras ella se queda con todo».

—Detente.

«Negarlo no cambiará nada, negarlo no cambiará que está muerto por ella, negarlo no va a quitar que eres débil».

—¡YA CÁLLATE!

Mi grito salió con un estallido de fuerza y dolor que llevaba reprimido todo lo que tenía adentro.

Las rejas crujieron, las paredes vibraron, el suelo bajo mis pies se agrietó.

Mis ojos por fin se abrieron, observando el daño que había hecho. Los barrotes, ahora doblados, con las puntas filosas como un tizón ardiente.

Aquel dolor que antes tenía en el pecho se transformó en rabia, queriendo venganza.

Y la iba a conseguir.

Salí de aquella celda directo a la salida, las antorchas iluminando las celdas oscuras por donde los animales se arrastran.

El aire frío de la noche me golpeó el rostro una vez que estuve afuera; no había guardias, no había nadie cerca; estaban en la celebración que se oía a lo lejos.

La unión de su "Alfa y su Luna". Parece que no todo era tan perfecto como mi padre y yo pensábamos.

André estaba dejando ver su verdadera cara justo ahora.

Me dirigí a la gran casa que conocía de memoria, donde había crecido junto con esa traidora.

Subí directamente al segundo piso, los pasillos apenas iluminados por la luz de la luna que entraban por las ventanas. Sonidos lascivos se colaban por la rendija de la puerta que no se molestaron en cerrar.

Me acerqué con cuidado, observando a Vera de rodillas ante André, con su polla en la boca, mientras él enredaba una mano en su cabello.

Él parecía disfrutarlo: los ojos cerrados, gemidos roncos saliendo de su garganta, empujando con ímpetu sus caderas.

No era tan tonta para no darme cuenta en ese momento de que ellos ya eran amantes desde hace tiempo.

¿Cómo pude ser tan ciega?

—Todo salió tal como lo planeamos—dijo Vera, sacando de su boca el miembro de André, todo flácido—. El Alfa está muerto y mi hermana donde debe estar.

André soltó una risita baja, como si hablaran de algo insignificante.

—No hablemos de ella, mejor ven aquí.

Vera se quitó el vestido, revelando un encaje blanco que había comprado para esta noche "especial" pensando en ese bastardo.

—¿Te duele? Porque a mí no, ya estaba harta, cansada de ser la segunda.

—Pero ahora eres la Luna, mi Luna. Ya nadie podrá pisotearte; recuerda que fueron tus manos las que mataron al Alfa.

Los vellos de mi piel se erizaron al escuchar su declaración tan directa. Solana gruñó en mi mente, dando un paso más al frente.

«¿Oyes eso? Ellos lo planearon todo, ambos; quién sabe desde cuándo nos estaban viendo la cara.»

«Sí, teníamos al enemigo tan cerca que fuimos demasiado ciegas para no darnos cuenta.»

Ella quería entrar y acabarlos, pero yo quería escuchar un poco más, y sus siguientes palabras lo cambiaron todo.

—Solo porque me ayudaste, ¿qué tal si no le doy esa droga? Jamás hubiese podido con su fuerza.

Se subió sobre él de forma descarada, sin que ninguno se diera cuenta de que yo estaba ahí escuchándolos, mirándolos a través de la rendija.

—Si eso no hubiese funcionado, estaba el plan B. Ya había logrado que la mitad de la manada se volviera en contra del Alfa. Iba a morir de una forma u otra esta noche. El pobre no sabía que parte de su manada ya no lo quería; estaban preparados para acabar con él.

El mundo pareció enmudecerse en ese instante. Mi padre, quien era capaz de dar su vida por su manada, fue traicionado por todos ellos.

En ese momento algo se rompió dentro de mí.

Dejé de resistirme.

Ya nada importaba, el dolor no importaba, solo la verdad que ahora sabía.

La rabia me consumió por completo; algo ardiente me empujó hacia el fondo de mi mente, dejando a mi loba al control.

Dejé que su dolor y su odio se mezclaran con el mío, arremetiendo contra ellos con todo lo que éramos.

Los gritos llenaron la habitación, así como el olor metálico de la sangre, la misma que ahora manchaba las paredes, el suelo, la cama, todo.

Los rugidos se mezclaron con lamentos y súplicas que Solana no escuchaba.

En algún punto, André logró escaparse de nosotras, pero solo porque nuestro principal objetivo era ella.

La mujer que se arrastra hacia atrás, tratando de huir de nosotras.

—Edana…

—No soy ella—dijo mi loba con voz ronca,—pero estará encantada, tanto como yo, de ver cómo pagas lo que hiciste con nuestro padre y luego… iré por el resto.

No aparté la mirada ante la escena; observé cada golpe, cada desgarro, cada pedazo arrancado, escuchando sus gritos, el crujir de los huesos, creyendo que eso iba a calmar lo que sentía.

Solana no se estaba conteniendo; al contrario, se estaba saliendo de control y, aunque sé que debía detenerla, no lo hice.

Ella necesitaba esto tanto como yo.

Nos habían quitado lo único que nos quedaba: el hombre que siempre nos amaría incondicionalmente.

Y ahora ya no estaba. Nunca volvería a estar.

Al terminar, se quedó ahí, de rodillas, inmóvil, con el silencio envolviendo la habitación brevemente, mientras ella seguía mirando el cuerpo despedazado de Vera.

Sus ojos fríos se alzaron lentamente hacia la ventana, donde la noche seguía cayendo, escuchando las risas y el ruido de la celebración lejana.

—Escúchalos, Edana —susurró—, celebrando por la caída de su Alfa, pensando que sus vidas seguirán igual después de esto.

Sus labios se curvaron apenas, poniéndose de pie con una calma que helaba.

—Pero si mi padre no pudo vivir... —sus ojos brillaron con algo oscuro—, ellos tampoco lo harán.

Se dio la vuelta saliendo de la habitación, dejando atrás el baño de sangre mientras avanzaba hacia la salida.

El espacio a su alrededor pareció calentarse, llenándose de una anticipación peligrosa.

Debería frenarla; debería cumplir las últimas palabras de mi padre, pero sabía que ya no iba a detenerla y tampoco quería.

Llegó a las puertas, tomándose un segundo, y cuando las abrió, ya no hubo nada que la contuviera.

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