Mundo ficciónIniciar sesiónPov Narrador
André no dejaba de pensar en lo que había ocurrido; su mirada permanecía fija en algún punto de la tienda. Su talón golpeaba el suelo sin cesar, impaciente, esperando a sus hombres con noticias o con ella. Entrelazó sus dedos, apretándolos con fuerza, sintiendo cómo todo ahora se le escapaba de las manos. Así que eso era lo que Vera había visto y no le dijo. Pensó. Recordando cómo ella había llegado extraña ese día, diciendo que había que acabar incluso con su padre. Se pasó una mano por el cabello con exasperación, maldiciendo en voz baja, como si eso pudiese calmar la tormenta que rugía en su interior. Si lo hubiese sabido antes, no se habría deshecho de Edana; al contrario, la habría utilizado para sus planes. ¿Cómo fui tan idiota? Tenía que haber investigado antes de hacer un plan. Pateó la mesa cercana en un intento de liberar tensión. Edana no era tan débil como pensaba; siempre la creyó aburrida, sin gracia, fría, alguien a quien debía proteger. Estaba equivocado. En eso, la entrada se abre, su hombre de confianza entra y su expresión lo dice todo. —Malas noticias —comienza—, no logramos atraparla y lo peor no es eso. —Suelta todo de una vez —gruñó, impaciente. —Ella cruzó a tierras de los Lycan. André volvió a maldecir, poniéndose de pie, palideciendo por un momento ante la noticia. Edana estaba en tierra de sus enemigos más mortales. Salió de la tienda con rabia, mirando la manada destruida, con el olor de la sangre aún en el aire. Todo era cenizas, escombros, apenas algunas casas en pie. Ese era el poder que quería y lo iba a obtener, sea como sea. Llegó a donde estaban sus aliados reunidos, Alfas de otras manadas que aguardaban en silencio. —Ella está en tierras prohibidas —anunció sin preámbulos, observando las expresiones de todos. —Entonces debemos considerarla muerta. Los Lycan son hostiles; no permiten que nadie esté en sus tierras así como así. El murmullo se extendió entre todos, hasta que André habló de nuevo. —No creo que haya muerto. Mis hombres me informaron que escucharon dos aullidos después de que ella cruzó; es posible que la hayan tomado como esclava. —¿Y qué sugiere? —comentó otro Alfa, molesto—. ¿Que vayamos a sus tierras y la traigamos de vuelta? No tenemos tal poder. André negó; lo sabía: para sacarla de ese Reino, tenía que manipular personas, comprar silencios, asesinar sin dejar rastro, y solo conocía a alguien tan poderoso para hacer algo así. —Entonces dejemos que alguien más lo haga. Pidamos una audiencia con nuestro Rey. El silencio cayó pesado, tanto que si un alfiler cae, lo pueden oír. —Podemos decir lo que vimos, la amenaza que ella representa para el Reino. Dejemos que el mismo Rey Lucan traiga el arma que será su destrucción para derrocarlo. Concluyó André, con esa chispa encendida en sus ojos. Los planes reacomodándose en su mente. —Él podría sospechar de nuestra traición, de la traición al trono. Todo lo que hemos planeado podría venirse abajo… —Y es por eso que necesitamos cubrirlo a toda costa—lo interrumpió—. Qué mejor forma que esta: hacer que él mueva los hilos y traiga a Edana hasta nosotros. Recuerden, señores...— rodeó la mesa recostándose en ella—que el enemigo hay que tenerlo cerca, muy cerca. Una sonrisa ladina apareció en sus labios, dejando que esas palabras hicieran mella en todos los presentes, y lo hicieron. Pronto, la carta fue enviada a la manada real, y mientras el mensajero se alejaba, André veía su figura desaparecer en la oscuridad. Pronto, Edana, muy pronto te tendré de vuelta entre mis brazos, como siempre debió ser. Vera fue una distracción inútil, no debí dejarme seducir por ella, pero prometo que cuando estés conmigo, todo será diferente. Y con ese pensamiento se alejó para preparar todo para la llegada de un Rey que pronto no tendrá corona... ni cabeza. ***** Pov Kaelor Observo a través del ventanal cómo la brisa fría mueve los árboles del bosque que nos rodea. La oscuridad los envuelve; los rayos de luna buscan traspasar hasta sus entrañas. Escucho la voz de Axel, mi hombre de mayor confianza, dándome un informe detallado sobre lo que ocurre más allá de estos muros. Pero yo no lo oigo por completo. Mis pensamientos estan atrapados en algún lugar, uno al que no logro llegar, pero que tira de mí con insistencia. Cyrus tampoco está tranquilo; se mueve inquieto, acechando en la oscuridad de mi mente, sus ojos brillando con una intensidad que no logro entender. —Tenemos que hacer algo con las fronteras del norte; esto se está saliendo de control, Kaelor… Unos golpes en la puerta interrumpen. Axel se levanta y va a abrir, mientras yo me giro hacia el escritorio, tomando uno de los informes sin mucho interés. No presto atención a lo que sucede, no hasta que el guardia pone un pie en la sala y mis ojos se levantan lentamente, clavándose en él. —Señor, disculpe que lo moleste; tenemos un problema con una intrusa. Hace una reverencia, esperando, pero en todo lo que yo puedo pensar es en el olor que lleva encima. Mis músculos se tensan; mis dedos se aprietan en las hojas, casi a punto de romperlas, mientras mi dominio se expande, denso y peligroso. —Kaelor… —la voz de Axel suena lejana, confundida, queriendo entender. El guardia tiembla y lo hace aún más cuando me acerco a él con pasos lentos, casi depredadores. —¿De quién es la sangre que llevas encima? —pregunto con voz baja, controlada, destilando peligro, percibiendo ese aroma un poco más cuando estoy frente a él. —Es… es de la prisionera, señor…— traga saliva, su cuerpo traicionándolo— es de la loba que entró a nuestras fronteras hace unas horas, asesinó a uno de los nuestros... pero no quiso hablar ni siquiera cuando la obligamos. «Mátalo», exigió Cyrus al escuchar sus palabras; no lo pensé demasiado. Tomé su cuello, arrancando su garganta. Axel me miró como si hubiese perdido la cabeza; los otros dos guardias, parados en la puerta, observan el cuerpo aún desangrándose sobre la alfombra. —¿Qué mierd4, Kaelor…?— pero no me detuve a responder. Pasé por su lado sin detenerme, dirigiéndome a las celdas. Axel me sigue, al igual que los otros dos guardias que siguen vivos por una sola razón. Ninguno lleva su sangre. Cyrus me exige ir más rápido, llegar a la fuente de ese olor dulce y salvaje, percibirlo por completo y afianzar nuestras sospechas. Aunque yo ya estaba seguro de lo que significaba. Algo que no debería existir, algo que no debería estar ahí, algo... prohibido que sigue arrastrándome hacia ella. Mis manos se cierran en puños, deteniéndome en la entrada de las celdas, sintiendo cómo los demás se detienen lo suficientemente lejos por su seguridad. —Kaelor, dime qué pasa. —Te quedas aquí, Axel. Bajé hacía los pasillos oscuros de las celdas, iluminadas por antorchas que proyectan sombras deformes sobre los barrotes oxidados. Desde aquí puedo oler el olor metálico de la sangre más fuerte, empañando ese otro que mi Lycan busca desesperadamente sentir. Llego a la última celda, la de interrogatorios, observando la silueta amarrada en esa silla cubierta de sangre. Y ahí estaba ella, tan rota, tan frágil... y tan mía. Cambiando todo mi mundo y mis planes. Me quedé perdido en su aroma, en ese que la sangre no toca, en ese que solo yo puedo reconocer. Lirios de fuego y gardenias, con un toque dulce que se adhiere a mis sentidos sin poderlo ignorar. Entonces bajé la mirada a los morados que cubren su cuerpo, a las heridas que no dejan de sangrar, a ese rostro hinchado que se levanta con dificultad para verme. Un segundo, eso fue todo lo que mi bestia necesitó: un solo segundo de su mirada para reclamar un vínculo que no debería existir, que vamos a volver a destruir. «Mía» Dijo Cyrus de forma posesiva, intensa, oscura, mirando con obsesión a la hembra que tiene al frente, queriendo reclamarla sin espera, hacerla suya sin más. Pero no será ahora. Tomé los barrotes de la puerta, sintiendo el ligero escozor que produce la plata al hacer contacto con mis manos. El metal cruje bajo mi agarre y la cerradura cede cuando arranco la puerta para entrar en la habitación. Un gruñido bajo vibra en mi pecho, creciendo a cada segundo al ver la cantidad de sangre sobre el suelo. Corto las cuerdas con cuidado de no lastimarla más, escuchando cómo su débil respiración casi se desvanece. La estaba perdiendo y eso no era una opción, no con ella. «Leonora, necesito que me alcances en mi habitación». No responde, no hace falta; sé que estará allá para cuando llegue y no me equivoqué. Al entrar, la vi parada a un lado, con sus ojos fijos en la mujer que sostengo en mis brazos. Su ceño se frunce, sus labios se entreabren queriendo decir algo, pero los vuelve a cerrar. Se acerca cuando la dejo entre las sábanas de seda negra, colocando sus manos en su pecho. —¿Esto es lo que creo que es, Kaelor? —pregunta en voz baja, sin apartar su atención de ella. —Sí —no doy más detalles. Leonora asiente despacio, comprendiendo lo necesario para saber lo que ella significa ahora. —Eso quiere decir que ya tomaste una decisión y no es dejarla ir. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en mis labios. Dejarla ir nunca fue una opción, no desde que la percibí, no desde que todo en mí la reclamó sin lugar a dudas. Cada parte de ella me pertenece; cada pedazo de su alma es mía. Ella no va a irse de mi lado porque no existe un mundo en que yo lo permita. —Tu silencio lo dice todo, Kaelor, y esa aura oscura y dominante que se agita como nunca lo confirma. —Ella se quedará a mi lado —declaro, dándome la vuelta, dispuesto a terminar de arreglar el resto. —Entonces espero que estés preparado, porque tus enemigos la verán a ella como un blanco fácil, una debilidad para llegar a ti. Me detuve un momento, mirándola por encima del hombro. —Nadie puede tocarla sin tener consecuencias, Leonora; ni siquiera mi propia gente, y si alguien lo intenta... no habrá lugar donde puedan esconderse. Reduciría mi propio Reino a cenizas si es necesario con tal de mantenerla a salvo. Salí de la habitación dejando un denso silencio detrás, comenzando a mover hilos entre las sombras para protegerla. Si mis enemigos se atrevían siquiera a rozarla, aprenderían de la forma más cruel y dolorosa lo que pasa cuando alguien toca lo que me pertenece.






