El silencio tras la retirada de aquel monstruo no fue un alivio.
Fue una losa.
El aire olía a hierro y escarcha. El suelo estaba sembrado de fragmentos de armas rotas, de sangre congelada, de cenizas que alguna vez habían sido enemigos. Nadie celebró la “victoria”. No había sido eso. Habían sobrevivido, y apenas.
Amara recorrió con la mirada a los soldados. Los humanos recogían a los heridos, algunos lloraban en silencio mientras envolvían cuerpos que no se levantarían. Los lobunos se mantenían