La madrugada llegó sin piedad.
El cielo, aún cargado de tormenta, mostraba grietas rojizas entre nubes negras, como si la aurora se hubiese teñido de sangre. El eco de los truenos parecía arrastrar presagios en cada retumbo, y Luminaria despertaba inquieta.
En el salón aún impregnado de deseo y juramentos, Amara permanecía de pie junto a la ventana. Sus ojos violetas seguían el trazado de la lluvia que resbalaba en líneas caóticas por el cristal. Lykos, detrás de ella, la ob