El eco de las campanas del Faro aún vibraba en el aire cuando Amara, de pie sobre la muralla de Luminaria, sintió que el silencio posterior era más atronador que cualquier rugido de guerra. La sangre reciente en la piedra aún olía a hierro caliente, y el viento salado del mar arrastraba aquel hedor hasta mezclarse con la bruma de la madrugada.
Lykos se mantenía junto a ella, la mano firme en la suya, como si el simple contacto pudiera sujetarla al mundo. Sus ojos rojos no parpad