El eco del estruendo todavía vibraba en las paredes húmedas de la caverna cuando Lykos abrió los ojos. Su respiración era pesada, como si un hierro ardiente le oprimiera los pulmones. A su alrededor, el mundo parecía suspendido en un velo de humo y polvo: rocas desgajadas, fragmentos de runas rotas y un hedor metálico que mezclaba sangre con cenizas.
La última visión que recordaba era la de Amara, lanzándose a través del círculo rúnico fracturado, como un relámpago violeta que d