La luz del alba apenas comenzaba a filtrarse entre los ventanales de piedra del salón del Consejo, pero la atmósfera estaba cargada, densa como la niebla que alguna vez cubrió Luminaria. Amara y Lykos, aún marcados por la pasión de la noche anterior, se encontraban frente a la mesa central, ahora cubierta con mapas, mensajes y símbolos de advertencia.
—No podemos bajar la guardia —dijo Amara, con el ceño fruncido mientras repasaba las marcas recientes en el mapa—. Las señales in