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CAPÍTULO 28: EL DESAYUNO DE NEGOCIOS

El amanecer del viernes entró por el gran ventanal de la suite norte con una claridad cruda que hirió mis ojos cansados.

 

No había pegado el ojo en toda la madrugada. Las palabras pastosas y crueles de Cristhian Olmos seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco destructivo, recordándome la fragilidad de mi posición en este palacio de cristal. La angustia de la llamada a las cuatro de la mañana me había dejado una opresión insoportable en medio del pecho.

 

Me levanté de la cama king size arrastrando los pies debido al agotamiento físico y mental.

 

Me quité el camisón de satén blanco y me puse unos pantalones vaqueros oscuros junto a una blusa sencilla de punto fino en tono gris. No tenía las fuerzas ni el ánimo para lidiar con el batallón de estilistas de Marisol el día de hoy. Me recogí el cabello en una coleta alta y desordenada, mirándome en el espejo del baño con evidente descontento.

 

Las ojeras marcadas bajo mis ojos delataban de forma inmediata mi desvelo absoluto.

 

Obligué a mis piernas a avanzar por el pasillo iluminado por las luces tenues de la mañana, huyendo de la penumbra de mi cuarto en busca de una taza de café cargado que me devolviera la tierra. Al cruzar el umbral hacia la cocina, me detuve en seco sobre el pulido suelo de mármol.

 

Ezra ya estaba allí, sentado en una de las banquetas de cuero de la barra de mármol negro.

 

Vestía un traje de dos piezas en un tono azul marino impecable que delataba la estructura imponente de sus hombros anchos y atléticos. La corbata oscura estaba alineada con una precisión matemática y sostenía una pantalla digital entre sus dedos largos y estilizados. Parecía el mismo CEO implacable que manejaba las decisiones de mercado en París y cerraba adquisiciones financieras en la bolsa de valores.

 

Al escuchar el eco sordo de mis pasos sobre el suelo pulido, Ezra levantó la mirada. Sus intensos ojos grises de invierno se clavaron directamente en mi rostro con una fijeza implacable.

 

Evaluó mi aspecto desaliñado en una fracción de segundo largo. Sus cejas perfectas se fruncieron sutilmente y vi cómo la rigidez felina se apoderaba de su postura al notar el cansancio evidente que deformaba mis facciones habitualmente seguras.

 

—Tu rendimiento matutino está muy por debajo de los estándares de puntualidad de esta semana, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, dejando la pantalla sobre el mármol con un clic seco—. El Contraataque Social de la inauguración televisada del jueves por la noche fue un éxito rotundo en la bolsa, pero pareces una diseñadora independiente que acaba de perder una guerra real en la bolsa.

 

—No dormí bien, Vardan. Eso es todo —le respondí con una entonación fría y cortante, ignorando su provocación mientras caminaba hacia la cafetera empotrada.

 

Sirví la bebida oscura en una taza de porcelana con manos sutilmente temblorosas debido a la adrenalina que todavía me causaba recordar la voz de Cristhian. Me senté en la banqueta opuesta de la barra de la cocina, manteniendo la distancia de seguridad que dictaba la regla número tres de nuestro propio papel arrugado.

 

Intenté ignorar su abrumadora presencia física concentrándome en el vapor del café, pero el silencio que se instaló en el espacio se volvió denso, caliente y difícil de respirar.

 

Ezra no retiró los ojos de mí. Su mirada de invierno se volvió profunda, calculadora y cargada de una fijeza analítica que me hizo sentir expuesta bajo su escrutinio corporativo. Había una rigidez en su mandíbula tensa que delataba que mi desvelo no le era indiferente en lo absoluto.

 

—Mientes de forma ordinaria, pequeña diseñadora —sentenció Ezra en un murmullo bajo y concentrado, cruzándose de brazos sobre su amplio pecho—. El cansancio de la reinauguración no provoca esa fijeza de paranoia real en tus ojos oscuros. Algo ocurrió en esta torre de cristal negro a altas horas de la madrugada mientras el mercado financiero dormía.

 

—Te dije que no es nada, Ezra —le siseé entre dientes, apretando la taza entre mis dedos largos—. Deja de actuar como si tuvieras derecho a fiscalizar cada uno de mis pensamientos ocultos a puerta cerrada. Esto es un negocio frío.

 

En lugar de responder a mi arranque de orgullo independiente o lanzar otra de sus astutas respuestas de seguridad, Ezra se levantó de la banqueta con un movimiento fluido y felino que me erizó la piel.

 

Caminó con paso firme hacia la consola digital de la entrada del departamento, donde se gestionaba la red de comunicaciones y el historial del teléfono de la casa. Con unos toques rápidos de sus dedos largos sobre la pantalla de cristal templado de la pared, ingresó a los registros de seguridad del holding privado de la Torre Vardan.

 

Me quedé congelada en mi sitio, conteniendo la respiración mientras un frío sudor me recorría la nuca.

 

Mis ojos siguieron cada uno de sus movimientos corporativos con un pánico real que no pude disimular. Vi el momento exacto en que la pantalla de la consola iluminó el pasillo con la lista de conexiones entrantes de la madrugada. En la parte superior del historial digital, brillaba con una nitidez destructiva el número de la distribuidora de los Olmos, registrado exactamente a las cuatro de la mañana.

 

Ezra descubrió la llamada del ex en un parpadeo absoluto.

 

El silencio que siguió a ese descubrimiento en medio de la cocina fue ensordecidor. Ezra se quedó completamente inmóvil frente a la pantalla de la consola durante varios segundos eternos que me parecieron una eternidad en el infierno.

 

Cuando se giró lentamente sobre sus talones para mirarme de regreso en la barra, sentí que la sangre se me congelaba en las venas. Sus ojos grises se vuelven peligrosamente oscuros, perdiendo cualquier rastro de la diversión fría que solía mostrar en nuestros rounds de boxeo verbal. La mirada de invierno del gran magnate hotelero se había transformado en la furia concentrada de un depredador al que le habían invadido sus dominios privados.

 

La tensión sexual y el peligro se mezclaron en el aire cerrado del penthouse con una fuerza asfixiante que me nubló el juicio por completo.

 

—Olmos llamó a esta línea privada a las cuatro de la madrugada —afirmó Ezra con una voz que bajó tres grados de temperatura, volviéndose un murmullo ronco, letal y sumamente impositivo—. Te exigió explicaciones sobre nuestra farsa pública y tú te quedaste escuchando su hipocresía ordinaria en la oscuridad de tu suite norte.

 

—Le colgué la llamada de inmediato, Vardan —le respondí en un susurro tembloroso, obligando a mi orgullo a levantar una última barrera de defensa contra su abrumadora presencia física—. Bloqueé su número corporativo de inmediato en mi historial de contactos. No permití que me dijera nada que afectara la legitimidad de nuestro contrato de compromiso falso por seis meses.

 

Ezra avanzó hacia mí con pasos lentos y decididos, reduciendo la distancia entre ambos hasta detenerse a escasos centímetros de mi banqueta. Su sola estatura me obligó a tirar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la fijeza de sus pupilas oscuras. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar me rodeó de golpe, acelerándome los latidos del corazón hasta hacerme daño en las costillas.

 

Apoyó ambas manos sobre el mármol negro de la barra de la cocina, inclinándose sutilmente hacia mi rostro de modo que su aliento tibio rozó la palidez de mis mejillas.

 

—No me interesa si le colgaste o si lo bloqueaste por teléfono, Bianca —susurró Ezra con una autoridad implacable que me caló hasta los huesos—. Me interesa el hecho de que ese infeliz se atreviera a perturbar el descanso de la mujer que porta el anillo de compromiso más caro de la dinastía Vardan bajo mi propio techo. Cristhian Olmos cree que puede seguir jugando juegos de influencia con lo que me pertenece ante las cámaras de televisión local.

 

Vi cómo los músculos de sus antebrazos se tensaban bajo la tela fina de su camisa azul marino, delatando una fuerza física imponente que me provocó un escalofrío salvaje por toda la columna vertebral.

 

La coraza corporativa del gran CEO de Corporación Vardan se había agrietado de una forma totalmente destructiva, dejando al descubierto una fijeza posesiva que no tenía nada que ver con los gráficos del mercado financiero o de las acciones. No parecía el socio eficiente ejecutando una farsa de negocios, parecía un monstruo gris listo para triturar a cualquiera que intentara amenazar la seguridad de su jaula de oro perfecta.

 

Sostuve su mirada peligrosamente oscura con una fijeza analítica, sintiendo que la adrenalina de este desayuno de negocios nos estaba arrastrando hacia un terreno donde las cinco reglas de mi papel arrugado corrían el riesgo de quedar hechas pedazos bajo el peso de su abrumadora e incontrolable cercanía física en medio de la mañana.

 

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