El amanecer del viernes entró por el gran ventanal de la suite norte con una claridad cruda que hirió mis ojos cansados.
No había pegado el ojo en toda la madrugada. Las palabras pastosas y crueles de Cristhian Olmos seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco destructivo, recordándome la fragilidad de mi posición en este palacio de cristal. La angustia de la llamada a las cuatro de la mañana me había dejado una opresión insoportable en medio del pecho.
Me levanté de la cama king size arrastr