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CAPÍTULO 27: LA LLAMADA DEL EX

El silencio de la madrugada en mi habitación se rompió de forma violenta.

 

Un sonido estridente y repetitivo cortó el aire cerrado de la suite norte, asustándome por completo en medio de la penumbra. Di un brinco en la cama king size, con el corazón martilleándome las costillas de pura alarma.

 

Estiré la mano temblorosa hacia la mesa de noche, buscando mi teléfono celular a tientas entre las colchas.

 

La pantalla parpadeante del aparato iluminó la oscuridad de la habitación con una luz azulada y fría. Miré los dígitos parpadeantes y sentí que una oleada de adrenalina helada me recorría la columna vertebral. Era un número que conocía demasiado bien. Un número que había intentado bloquear en mi mente desde el lunes por la mañana.

 

Cristhian Olmos me estaba llamando a las cuatro de la mañana.

 

Tragué saliva con dificultad, sintiendo que un nudo apretado de angustia pura se instalaba en medio de mi garganta. El primer impulso de mi orgullo fue rechazar la llamada y arrojar el teléfono lejos de mi cama, pero la fijeza insistente del aparato, que no dejaba de vibrar contra la madera, terminó por desarmar mi postura defensiva.

 

Presioné el botón de aceptar y llevé el auricular a mi oreja de forma lenta, conteniendo la respiración.

 

—¿Bianca? —la voz de Cristhian resonó al otro lado de la línea. Sonaba notablemente pastosa, arrastrada y torpe, delatando que se encontraba en un estado de ebriedad absoluto—. Sé que estás despierta, Bianca. No te atrevas a colgarme esta bendita llamada.

 

—Es de madrugada, Cristhian. Estás ebrio —le respondí con una voz que forzó una frialdad cortante para ocultar el temblor de mis manos—. No tengo absolutamente nada que hablar contigo. Borra mi número de una vez por todas.

 

—¡No voy a borrar nada! —gritó él al otro lado de la línea, y escuché el sutil tintineo de una botella impactando contra alguna superficie de vidrio—. Exijo una explicación real en este mismo instante, Bianca. ¿De dónde sacaste a ese tipo? ¿Cómo lograste meterte en la cama del CEO de Corporación Vardan en menos de tres meses?

 

El insulto directo y ordinario me dio una bofetada de realidad que me encendió la sangre de pura indignación.

 

—Cuida tus palabras, Olmos —le siseé entre dientes, apretando los puños contra las sábanas de seda blanca—. Ezra Vardan es mi prometido oficial ante todo el país. Y lo que haga con mi vida privada ya no es de tu incumbencia. Sigue con tu matrimonio perfecto de encajes falsos y déjame en paz.

 

Cristhian soltó una risa seca, ronca y sumamente burlona que me revolvió el estómago de una forma desagradable.

 

—¿Tu prometido oficial? No me hagas reír, diseñadora —atacó él, hablando despectivamente y cargado de un veneno destructivo—. Conozco perfectamente el funcionamiento de la alta sociedad y el mercado hotelero de París. Un hombre como Ezra Vardan, el soltero más codiciado del país, no se casa con una aparecida de clase media que no tiene dónde caerse muerta. Ese arrogante magnate solo te está usando para pasar el rato, Bianca.

 

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones ante la fijeza cruel de sus afirmaciones.

 

—Te estás usando como un escudo corporativo para resolver algún problema de su estricta familia ante la junta de inversores —continuó Cristhian, soltando palabras que, para mi horror, daban exactamente en el blanco de nuestra farsa pública—. En cuanto se canse de tu presencia en su penthouse o firme sus malditas acciones en Europa, te va a desechar como a una bolsa de basura en la acera. Te va a dejar en la calle absoluta, sola y destruida. Tu nuevo estudio de diseño y tus asistentes ejecutivos se van a ir a la quiebra en un parpadeo absoluto.

 

Las lágrimas de rabia e impotencia que había estado conteniendo desde el lunes por la mañana finalmente amenazaron con desbordarse por mis mejillas. La angustia se apoderó de mi pecho, asfixiándome con una paranoia real que no podía controlar en la penumbra del cuarto.

 

A pesar de que sabía perfectamente que nuestro acuerdo legal de seis meses era un negocio frío basado en un papel arrugado de cuaderno, escuchar a mi ex novio verbalizar mis peores temores ocultos me provocó una herida profunda en mi dignidad. Sabía que Ezra me estaba usando como un escudo ciego frente a su madre, y la idea de quedar desarmada ante el mercado en el futuro me aterrorizaba.

 

—¡Cállate, Cristhian! ¡Cállate de una vez! —le grité en un susurro ahogado, sintiendo que el pulso me martilleaba los oídos con una violencia incontrolable.

 

—Es la verdad y lo sabes, Bianca —sentenció él con una seguridad implacable—. Regresa conmigo. Puedo convencer a Vanessa de que te devuelva una parte de tus ahorros y te daré un contrato de confección menor en la distribuidora textil. No dejes que ese monstruo gris te destruya por completo.

 

No tuve fuerzas para escuchar ni una sola palabra más de su hipocresía ordinaria.

 

Con un movimiento rápido, impositivo y desesperado, presioné el botón rojo de la pantalla y colgué la llamada, interrumpiendo el eco de su voz pastosa en medio de la noche. Bloqueé el número de inmediato de mi historial de contactos corporativos con dedos temblorosos.

 

Arrojé el teléfono celular sobre la mesa de noche como si el aparato me hubiera quemado la piel del brazo.

 

Me abracé las rodillas contra el pecho en medio de la colcha mullida de la cama king size, soltando finalmente el aire retenido en un sollozo silencioso y amargo. Estaba completamente angustiada. El Contraataque Social de la inauguración televisada del jueves por la noche me había dado una victoria aplastante ante los medios, pero esta llamada de la madrugada acababa de recordarme que seguía viviendo en una jaula de oro perfecta, rodeada de monstruos que no dudarían en triturarme por puros intereses financieros.

 

Miré hacia el ventanal de la suite norte, viendo cómo las luces geométricas de los rascacielos seguían brillando con una fijeza implacable bajo el cielo oscuro de la ciudad.

 

El primer round contra la alta sociedad nos había costado una tensión sexual insoportable en la cocina y una mentira pública que toda la élite del país ya daba por sentada. Me quedé despierta durante el resto de la madrugada, dando vueltas en la colchonería de lujo, repitiéndome con miedo que debía mantener mis defensas altas a puerta cerrada, porque en este tablero de ajedrez corporativo, el primero en desarrollar sentimientos reales o en mostrar una sola fisura de debilidad... terminaría perdiendo su pequeño mundo independiente para siempre.

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