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CAPÍTULO 40: LA INVESTIGACIÓN SECRETA

Narrado por EZRA VARDAN

 

Ver la silueta de Bianca cruzar las gigantescas puertas de madera de su nuevo estudio de diseño independiente me devolvió una sutil y fría calma.

El sedán negro blindado avanzó de inmediato por las avenidas principales de la ciudad, alejándose de los reporteros de las revistas de sociedad que mi equipo de seguridad privada mantenía a raya en la acera inferior. Me recliné sobre el asiento de cuero italiano del automóvil de ultra-lujo, manteniendo mi mirada fija en la pantalla digital que sostenía entre mis dedos.

Intentaba concentrarme en los gráficos de las deudas del sector hotelero, pero la piel de mis palmas seguía reteniendo un calor abrasador que no pertenecía a los negocios.

El recuerdo de Bianca abrazada firmemente a mi pecho a las cuatro de la madrugada en la recámara principal seguía dándome vueltas en la cabeza, alterándome el pulso. Su camisón de satén blanco se había enredado con mis colchas oscuras debido a que nuestros movimientos involuntarios al dormir, tiraron las cuatro almohadas de plumas al suelo, rompiendo por completo la distancia de seguridad de su regla número tres. Verla saltar de la cama avergonzada y con las mejillas ardiendo de indignación había agrietado mi coraza más de lo que estaba dispuesto a admitir a puerta cerrada.

El vehículo redujo la velocidad de forma constante, ingresando al subterráneo privado de mi Torre.

Subí por el ascensor digital directo al piso catorce, con la mandíbula tensa y la mirada implacable que el consejo de administración de mi familia requería para dar inicio a la rutina diaria de oficina. Las puertas doradas de mi despacho presidencial se deslizaron con un clic seco, y caminez con paso firme hacia mi escritorio de caoba, ignorando el saludo robótico de las secretarias ejecutivas.

Me senté en mi silla de cuero, dispuesto a revisar las acciones en Europa y a firmar los fondos de inversión que Marisol había procesado para el taller de costura.

Sin embargo, antes de que pudiera tomar mi pluma, una notificación roja de alta prioridad parpadeó en la pantalla integrada de mi consola de seguridad privada. Era un reporte directo de los analistas de imagen y los jefes de vigilancia que custodiaban el perímetro del rascacielos negro y los alrededores del estudio creativo de Bianca.

Un frío sudor de pura furia concentrada se instaló en mi cuerpo, en cuanto abrí el historial de datos adjuntos.

—Señor Vardan —la voz de mi jefe de seguridad privada resonó a través del intercomunicador digital de la de la pared con una reverencia sutil—. Nuestros sistemas de reconocimiento facial del distrito financiero acaban de detectar una anomalía legal en el perímetro inferior. Hay un sujeto vigilando de forma constante los movimientos de la señorita Serna desde el jueves por la noche.

—Identifíquelo de inmediato —ordené con una voz profunda, ronca y pausada que bajó tres grados la temperatura del despacho presidencial.

—Es un detective privado barato de la zona baja de la ciudad, señor —le respondió el analista, proyectando las fotografías en los cristales del ventanal panorámico—. El historial delictivo del sector demuestra que se especializa en extorsiones menores y fraudes mediáticos. Las intervenciones digitales en sus cuentas bancarias revelan que fue contratado de manera directa y secreta hace menos de veinticuatro horas.

Mis intensos ojos grises se oscurecieron por un milisegundo largo al leer el nombre del cliente que había financiado el espionaje corporativo.

Cristhian Olmos.

El infeliz director de la distribuidora textil, desesperado por recuperar el estatus financiero y la credibilidad de mercado que mi Contraataque Social le había destruido en la inauguración televisada, había tomado una decisión autodestructiva. No le había bastado con la amenaza silenciosa que le había lanzado en esta misma oficina el viernes por la mañana, ni con ver a su esposa Vanessa Rovira huir muerta de envidia ante las cámaras de televisión nacional.

Olmos estaba buscando una fisura comprobada, en la legitimidad de nuestro falso compromiso.

Había contratado a esa sombra barata para que montara guardia frente a la Torre Vardan, vigilara mis ventanas y revisara los horarios de entrada y salida de Bianca de la suite del sector sur. Cristhian Olmos quería averiguar con seguridad, si su ex novia y el CEO de la corporación compartían verdaderamente las sábanas a puerta cerrada, o si todo era una transacción financiera diseñada para blindar sus deudas ante la junta directiva y de mi familia.

Un impulso primitivo, violento y brutalmente posesivo tomó el control absoluto de mi mente, desarmando por completo mi habitual frialdad de estratega.

Me levanté de la silla de un golpe seco que resonó con fuerza en la inmensidad de la oficina, apretando los puños con una rigidez felina que delataba un peligro real. No pensé en las fluctuaciones del mercado financiero, ni en el orden del consejo de administración que vigilaba mis acciones. Solo pensé en el descaro de ese miserable al intentar invadir la privacidad de la mujer que portaba mi apellido y el diamante de platino en su mano izquierda.

Bianca Serna estaba bajo mi protección absoluta en este tablero, y yo no iba a permitir que una rata ordinaria perturbase la estabilidad de su marca independiente o la paz de su taller de costura por puros celos de baja clase.

—Despliegue al equipo táctico de inmediato —le siseé a mi jefe de seguridad a través de la línea digital, con una autoridad implacable que no admitía réplicas de ningún tipo—. No quiero que ese detective barato pase un solo segundo más en la acera de mi rincón financiero. Intercepten su vehículo, confisquen cada una de sus pantallas digitales y asegúrense de borrar cualquier rastro de información de sus servidores antes de que termine la mañana de hoy.

—¿Y qué hacemos con el cliente de la distribuidora, señor Vardan? —preguntó el analista con una cortesía ejecutiva tensa.

—A Olmos me voy a encargar de triturarlo yo mismo en su propio terreno de juego —sentencié con una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica pintada en mis labios—. Ejecuten el bloqueo total de su distribución en la bolsa de valores en este mismo milisegundo. Quiero que su constructora y su distribuidora textil sientan el peso real de la quiebra absoluta antes de que sirvan la sopa del almuerzo. Que aprenda cuál es el precio de mercado por intentar jugar con lo que me pertenece.

Corté la comunicación con un movimiento impositivo de mis dedos, dándole la espalda al escritorio para mirar la inmensidad de los rascacielos a través del vidrio.

La farsa pública de mi compromiso, se estaba convirtiendo en una obsesión posesiva de la que ya no tenía la menor intención de escapar a puerta cerrada. Cristhian Olmos había enviado ojos a vigilar mi recámara principal, buscando demostrarle a mi madre Victoria Vardan que nuestro acuerdo legal de seis meses era una farsa de negocios, pero lo único que había logrado era desatar la tormenta destructiva de mi furia. 

Sostuve la pluma con fuerza, firmando las autorizaciones de Marisol con un trazo aristocrático y dominante que sellaría el inicio de una guerra real en la alta sociedad. El primer round contra las miradas indiscretas de la competencia acababa de comenzar, y el filo de la sospecha de su ex novio se convertiría en un bumerán que destrozaría la confianza antes de que pudiera dar el siguiente paso en este tablero de ajedrez corporativo.

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