Mundo ficciónIniciar sesiónLa cruda luz del martes por la mañana comenzó a filtrarse de manera digital por las rendijas del gigantesco ventanal panorámico, tiñendo el santuario de ultra-lujo del sector sur con unos tonos dorados y fríos.
El calor inusual que me había despertado en mitad de la noche se había transformado en una sensación envolvente, pesada y asfixiante de la que mi cuerpo desarmado no tenía la menor intención de escapar. Mi mente seguía atrapada en el cansancio acumulado de las extenuantes jornadas de oficina en el taller con Marisol, arrastrándome en un letargo del que no lograba despertar por completo.
Sentía una superficie firme, cálida y musculosa presionando directamente contra mi mejilla, bloqueando cualquier rastro del aire acondicionado del penthouse.
Escuchaba un latido sordo, constante, potente y profundo justo debajo de mi oído, marcando un ritmo que no me pertenecía. Al intentar mover mis dedos largos para acomodar las sábanas de seda blanca, mis manos chocaron contra una barrera de tela fina de algodón negro que emanaba un calor abrasador que me quemó la piel de inmediato.
La adrenalina se disparó por mis venas con la fuerza de un huracán destructivo en el mismo milisegundo en que recuperé la conciencia absoluta de mi entorno real.
No estaba sola en mi lado seguro de la colchonería de lujo.
Para mi absoluto horror, no solo la fila de cuatro almohadas de plumas finas seguía tirada al pie del mueble de caoba oscura debido al accidente de la gravedad en la madrugada. Yo había cruzado por completo la línea invisible que había trazado con tanto orgullo el lunes por la noche, rompiendo de forma definitiva la regla número dos de nuestro propio contrato legal de seis meses.
Ezra despierta primero en medio de la penumbra matutina de la gran sala presidencial.
Él ya se encontraba completamente despierto mucho antes de que el sol del distrito financiero terminara de iluminar el cuarto de ultra-lujo. Sus intensos ojos grises de invierno estaban abiertos de par en par, fijos en la palidez de mi rostro con una fijeza implacable, calculadora y madura que me nubló los pensamientos ocultos por completo. Había una rigidez sutil en su mandíbula tensa, pero sus facciones afiladas de piedra no mostraban la menor prisa corporativa por dar inicio a la rutina diaria del holding financiero.
Ezra me encontro abrazada a su pecho, en una postura de una intimidad prohibida que me heló la sangre en las venas.
Durante las últimas horas de la madrugada, mi cuerpo en alerta había buscado de forma involuntaria el calor natural de su anatomía. Tenía mi brazo derecho rodeando la firmeza de sus hombros anchos y atléticos, mi rostro descansaba directamente sobre la base de su pecho musculoso, respirando de golpe el aroma embriagador de su loción de madera y ámbar que ya empezaba a sabotear a pesar de mis barreras. Mi pierna izquierda se encontraba sutilmente entrelazada con las suyas bajo las colchas oscuras, rompiendo cualquier protocolo social.
Cualquier hombre con el frío autocontrol del gran CEO de Corporación Vardan se habría apartado de inmediato para hacer cumplir la regla de oro del papel arrugado de cuaderno.
Cualquier estratega empresarial que manejara sus decisiones de mercado con una frialdad glacial habría empujado mi silueta hacia el sector izquierdo, reclamando su territorio a puerta cerrada. Pero las grietas en la máscara del titán hotelero eran cada vez más profundas en la penumbra de este palacio de cristal negro.
En lugar de apartarse de mi cercanía física imprevista, Ezra tomó una decisión que desafió todos los términos del acuerdo de convivencia.
Su mano grande y cálida, cuyos dedos estilizados sostenían habitualmente las plumas de oro de las transferencias millonarias, se deslizó con una lentitud exasperante por la caída de mi camisón de satén blanco. Su palma se asentó firmemente en la curva baja de mi cintura, aplicando una fuerza sutil pero impositiva que me pegó aún más contra la dureza de su torso atlético.
Ezra me sostuvo firmemente unos minutos más en medio del silencio sepulcral de la recámara principal, reteniendo mi cuerpo desarmado contra el suyo con un gesto brutalmente posesivo que delataba una fijeza analítica destructiva.
Inclinó sutilmente su rostro esculpido hacia mi cuello expuesto debido al moño desarmado de la noche, de modo que su respiración pausada, ronca y profunda rozó la piel pálida de mi clavícula, provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral. Disfrutó de la insoportable tensión sexual que flotaba entre ambos, antes de que yo abriera los ojos y saltara de la cama avergonzada.
El aire de la habitación se volvió denso, caliente y sumamente difícil de respirar en cuanto mis pestañas se abrieron por completo, encontrándome de golpe con el brillo oscuro de sus pupilas grises.
El pánico real se instaló en mi pecho con una violencia incontrolable.
Me zafé con orgullo y con un movimiento rápido, impositivo y desesperado de su agarre posesivo. Separé mis manos de su camisa de algodón de un tirón y salté de la cama matrimonial en un parpadeo absoluto, quedando de pie sobre el reluciente suelo de caoba oscura con la respiración completamente entrecortada y las mejillas ardiéndome de una humillación cruda que no pude disimular ante su mirada de invierno.
—¿Qué... qué significa esto, Vardan? —le siseé entre dientes, acomodándome los tirantes de satén con dedos sutilmente temblorosos debido a la adrenalina que me martilleaba las costillas de pura rabia.
Ezra no se movió de su sitio. Se limitó a reclinarse contra las almohadas oscuras de su sector derecho con una elegancia despectiva y relajada, entrelazando sus dedos sobre su abdomen, observando mi agitación matutina con una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica en sus labios perfectos.
—Te sugiero que revises los gráficos de tu propia trayectoria nocturna antes de levantar una auditoría de imagen en mi contra, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda y ronca, barriendo mi silueta con una fijeza implacable—. Yo me mantuve exactamente en mi territorio durante toda la madrugada mientras el mercado financiero dormía. Fuiste tú quien cruzó la barricada de plumas finas para buscar un refugio en mi pecho a las cuatro de la mañana.
Apreté los puños con fuerza contra los costados de mis muslos, sintiendo que el orgullo me hervía en las venas de pura indignación.
—Estaba dormida, Ezra. Fue un movimiento involuntario provocado por el estrés destructivo de tu jaula de oro perfecta —le contraatqué con una autoridad implacable, levantando la barbilla para sostenerle la mirada de invierno—. Pero tú estabas completamente despierto. Sentí tu mano en mi cintura antes de abrir los ojos. Rompiste la regla número tres del contrato de matrimonio falso al sostener mi cuerpo contra el tuyo en lugar de empujarme a mi espacio seguro.
—Solo me estaba asegurando de que mantuvieras la compostura física bajo situaciones de extrema cercanía imprevista, pequeña diseñadora —replicó él con una tranquilidad calculadora que me encendió la sangre de rabia—. Considera estos minutos como una práctica indispensable de seguridad para la farsa pública que nos espera con los inversores de Europa. Si reaccionas con ese mismo pánico real cuando los paparazzi nos fotografíen saliendo de la torre, la junta directiva notará de inmediato que nuestro compromiso es un frío negocio.
La astuta respuesta de su coraza corporativa me dio una bofetada de realidad que me heló la sangre. Él seguía moviéndose con la frialdad de un estratega empresarial, transformando un momento de tensión sexual insoportable en una simple transacción de mercado para blindar sus acciones.
—Eres un monstruo insufrible, Ezra Vardan —le respondí con una voz que forzó una frialdad absoluta, caminando a pasos rápidos hacia el vestidor de lujo para tomar la ropa de mi taller—. Guarda tus prácticas ejecutivas para tus asistentes y tus negocios. A puerta cerrada, mantén tu fijeza analítica fuera de mi silueta. El primero de los dos que muestre una sola fisura de debilidad real... lo perderá todo en este acuerdo legal de seis meses.
Giré sobre mis talones y me encerré en el baño principal con un golpe seco, escuchando el clic del cerrojo que me devolvió una pequeña e ilusoria sensación de seguridad.
Me apoyé contra el mármol del tocador, con el pulso desbocado en mis oídos y la piel de gallina. El amanecer incómodo de este martes nos había arrastrado hacia un terreno peligrosamente íntimo donde el Contraataque Social de mi estudio independiente ya no era suficiente para protegerme de la tormenta incontrolable que amenazaba con devorar por completo las barreras de mi propio corazón.







