Inicio / Romance / El Contrato del CEO Equivocado / CAPÍTULO 37: LA RESPIRACIÓN DE EZRA
CAPÍTULO 37: LA RESPIRACIÓN DE EZRA

El sol del lunes apenas comenzaba a calentar el distrito financiero cuando me levanté de la gigantesca cama del sector sur, huyendo de la suite antes de que Ezra abriera los ojos, aprovechando que se había quedado dormido. Fui a mi taller de costura a pasos rápidos, obligándome a sumergirme en los patrones de la nueva colección con la ayuda de Marisol para no volverme loca.

Pasé todo el día completamente estresada en medio de las telas finas y las llamadas de los asistentes ejecutivos. Mi mente no podía concentrarse en los bocetos creativos, solo podía pensar con angustia y paranoia real en que al llegar la noche tendría que regresar al penthouse a compartir la cama con el enemigo. El Contraataque Social me había dado el triunfo ante las cámaras de televisión local, pero esta convivencia forzada a puerta cerrada se estaba convirtiendo en una zona de guerra destructiva para mi orgullo independiente.

llegue al penthouse y Ezra aun no había llegado, aproveche de acostarme y hacerme la dormida para evitar verlo, antes de dormir. Vardan llegó mas tarde, pensó que yo dormia, se acostó en su lado, con cuidado de no levantarme. pero yo esta en alerta, con mi cuerpo tenso ante su abrumadora presencia. no se en que momento me dormí.

Un calor inusual y un silencio absoluto me hicieron abrir los ojos de par en par en mitad de la noche.

Me quedé completamente inmóvil en medio de las sábanas de seda, sintiendo que el corazón me daba un vuelco salvaje de pura alarma. La penumbra de la recámara principal del sector sur estaba apenas iluminada por los destellos geométricos de los rascacielos financieros que se filtraban por el gigantesco ventanal panorámico.

La adrenalina se disparó por mis venas en una fracción de segundo en cuanto recuperé la conciencia de mi entorno.

El frío de la seda ya no era lo único que envolvía mi silueta desarmada. Había una abrumadora presencia física demasiado cerca de mi cuerpo, un calor abrasador que atravesaba mi camisón de satén blanco con la fuerza de una tormenta contenida.

Giré la cabeza sutilmente sobre la almohada, y un sutil y constante ahogo de pánico real me cerró la garganta de golpe.

La barricada vertical de plumas finas que había levantado con tanta rabia y orgullo horas antes se había desmoronado por completo.

La fila de cuatro almohadas gigantescas que dividía la cama matrimonial se había deslizado hacia el pie del mueble debido a nuestros movimientos involuntarios durante las primeras horas de descanso. La regla estricta de no cruzar la línea invisible del centro había sido destruida por la gravedad en medio de la penumbra de la sala, eliminando cualquier rastro de distancia de seguridad.

Estaba cara a cara con Ezra, a escasos centímetros de distancia.

No quedaba ni un solo milímetro del metro de distancia que dictaba la regla número tres de nuestro propio contrato. Su imponente anatomía se encontraba recostada de lado, apuntando directamente hacia mi sector seguro de la colchonería de lujo. La camisa de algodón negro holgada que llevaba puesta se había desplazado sutilmente, revelando la estructura imponente de sus hombros anchos y atléticos y la firmeza bronceada de su pecho musculoso.

Me quedé completamente congelada ante su atractivo en medio de la oscuridad.

Bajo la luz tenue de la madrugada, las facciones habitualmente afiladas, calculadoras y duras de su rostro esculpido en piedra parecían haber perdido la fría coraza corporativa de Corporación Vardan. Sin su esmoquin de gala de tres piezas y sin la máscara de hielo inexpresiva con la que manejaba las decisiones de mercado, Ezra lucía de una manera tan magnética, varonil y perfecta que me nubló el juicio por completo.

El ritmo de sus facciones en reposo me provocó un mareo de nervios que me aceleró los latidos del corazón de una forma alarmante a puerta cerrada.

Podía escuchar su respiración pausada, profunda, ronca y constante rozando la piel pálida de mis mejillas. El aire tibio que escapaba de sus labios perfectos golpeaba mi rostro con una suavidad que se sintió como una caricia prohibida en la penumbra del cuarto. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar, mezclado con el calor natural de su cuerpo atlético, inundó por completo mis sentidos, desarmando cualquier rastro de mi postura rígida y defensiva.

Sentí una intensa oleada de calor abrasador subiéndome por el pecho, volviendo mis pulsaciones densas y difíciles de controlar en la inmensidad de aquella escena.

Mis ojos oscuros recorrieron con una fijeza analítica la línea de su mandíbula tensa, el sutil desorden de su cabello oscuro sobre la almohada y la fijeza de sus pestañas cerradas. Era el depredador más peligroso del país, el hombre que firmaba contratos multimillonarios y destrozaba la credibilidad de mis enemigos en la junta directiva con un solo movimiento de sus dedos largos, pero en este segundo bajo las mismas sábanas, se veía como un refugio del que me resultaba imposible apartarme.

Una sospecha mutua y un miedo real a mis propios pensamientos ocultos se instalaron en mi cuerpo.

El Contraataque Social de la inauguración televisada me había devuelto el orgullo frente a Cristhian Olmos, pero estar compartiendo la cama con el enemigo de ojos grises de esta manera era una trampa destructiva que amenazaba con consumir las barreras de mi propio contrato legal de seis meses. Recordé la Regla de Oro que yo misma había estampado en el cuaderno: el primero que confiese un enamoramiento, lo pierde todo.

Estaba tan cerca de él que si estiraba un milímetro mi mano izquierda, donde el diamante de platino de nuestro falso compromiso brillaba sutilmente, podría tocar la calidez de su torso.

La tentación de romper la distancia física y acortar el espacio que nos separaba se convirtió en una fuerza gravitatoria asfixiante que me cortó la respiración de golpe. Me quedé inmóvil, conteniendo cada suspiro para no despertarlo, atrapada en un dilema que ponía a prueba los límites de mi orgullo independiente y la rigidez de mi mente.

El silencio de la jaula de oro perfecta era tan espeso que el sutil sonido de su respiración pausada parecía marcar el ritmo de mi propio desbocamiento.

Pasé el resto de la madrugada con la piel de gallina, vigilando la línea del centro de la colchonería, debatiéndome entre el impulso salvaje de buscar el calor de sus brazos anchos y la necesidad imperiosa de huir de su perturbadora cercanía física antes de que el sol del lunes anunciara un nuevo round en este infierno de ultra-lujo de la alta sociedad.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP