El segundero del reloj de mi pared avanzaba con una lentitud que me tortuaba. Eran las siete y veinticinco de la noche del sábado. Llevaba más de una hora caminando de un lado a otro sobre la alfombra gastada de mi sala, desgastando los tacones de mis zapatos nuevos y preguntándome, por milésima vez, en qué clase de locura autodestructiva había invertido los últimos ahorros de mi vida. Frente al espejo del pasillo, me detuve a mirarme.El vestido que había elegido era mi última arma de guerra. Era un diseño largo, de satén negro, que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Tenía un escote sutil pero elegante en la espalda y una abertura lateral en la pierna derecha que revelaba la cantidad justa de piel cada vez que daba un paso. Me había recogido el cabello en un moño alto, dejando unos mechones sueltos para enmarcar mi rostro, y mis labios estaban pintados de un rojo intenso, el color de la guerra.Físicamente, parecía una mujer segura de sí misma, lista para devorarse el mundo
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