El zumbido sordo del ascensor privado de mi torre se detuvo con una suavidad absoluta en el piso catorce.
No le había dicho una sola palabra a Bianca después de apartarme de la barra de la cocina en el
penthouse. Salí del departamento vistiendo mi armadura habitual de tres piezas azul marino, con mi maletín de cuero fino en la mano y la mandíbula tan tensa que me dolía. La había dejado en la barra, intentando calmar el temblor de sus manos con el café, creyendo que yo simplemente me dirigía a una junta de rutina para revisar las acciones.
No tenía la menor idea de que el verdadero contraataque corporativo estaba por ejecutarse a puerta cerrada en mi despacho.
Las puertas de metal dorado de mi oficina presidencial se abrieron con un clic seco. El espacio era gigantesco, decorado con muebles de caoba oscura y ventanales panorámicos que mostraban el distrito financiero bajo un cielo gris. Detrás de mi imponente escritorio de cristal templado, cada rincón de esta estructura respiraba el poder que tanto me había costado consolidar ante el consejo de administración.
—Haga pasar al señor Olmos de inmediato, Marisol —ordené a través del intercomunicador digital de la pared, con una voz profunda, ronca y pausada que no admitía réplicas.
—Sí, señor Vardan. El caballero ya se encuentra esperando en el pasillo de seguridad —respondió mi asistente con una cortesía ejecutiva impecable.
Un segundo largo después, la puerta de madera tallada se abrió de par en par.
Cristhian Olmos entró al lugar intentando sostener una postura rígida de hombre exitoso, pero el desvelo absoluto y el temblor sutil de sus manos delataban de forma inmediata su resaca. El pánico financiero del Contraataque Social de la noche anterior todavía lo tenía acorralado. Vestía un traje costoso pero ordinario, y sus ojos oscuros parpadearon con evidente desconcierto al verse en mi territorio.
La puerta se cerró con un golpe sordo detrás de él, aislando por completo el ruido de la planta corporativa.
Olmos intentó forzar una pequeña sonrisa de lado, buscando usar esa hipocresía ordinaria con la que solía manejarse en las juntas textiles. Pero mi abrumadora presencia física lo obligó a detenerse a mitad del pasillo de la oficina por puro instinto de supervivencia. Sentí un desprecio absoluto recorrer mi sistema al verlo.
—Vardan... —pronunció Olmos con una voz falsamente melodiosa, acomodándose el cuello de la camisa—. Tu secretaria Marisol me llamó con urgencia diciendo que debíamos revisar los contratos de la distribuidora de telas para Asia de forma inmediata. No pensé que el gran CEO tuviera tiempo de atender a un proveedor menor en persona el viernes por la mañana.
No respondí de inmediato. Me tomé un par de segundos exasperantes que aumentaron la adrenalina en el ambiente cerrado del despacho. Disfruté ver cómo su confianza se desmoronaba bajo mi silencio.
Me levanté de mi silla con un movimiento fluido y felino, metiendo una mano en el bolsillo de mi pantalón de vestir. Caminé con paso firme hacia el ventanal, dándole la espalda a ese infeliz con una elegancia despectiva que sabía que lo humillaba. El sol de la mañana se reflejaba en la tela fina de mi traje azul marino, haciéndome ver como una sombra imponente custodiando la ciudad.
—No te llamé para discutir los patrones de mi cadena de hoteles, Olmos —sentencié, y mi tono de mando bajó tres grados de temperatura, volviéndose una máscara de hielo absoluto que congeló el aire de la habitación—. Te llamé para ponerle un límite definitivo a tu audacia antes de que decida triturar tu pequeño mundo independiente por completo.
Olmos borró su sonrisa en un parpadeo, y una rigidez defensiva se apoderó de sus hombros.
—¿De qué estás hablando, Vardan? —balbuceó, dando un paso en falso hacia mi escritorio de cristal templado—. Si se trata del compromiso con Bianca, ya dejamos claro, que no pienso interferir en sus acuerdos mediáticos con la prensa local. Solo estamos haciendo negocios con la materia prima.
Me giré lentamente sobre mis talones, clavando mis intensos y fríos ojos grises de invierno directamente en el rostro de él. La fijeza implacable de mi mirada era tan peligrosa y oscura que Olmos tragó saliva con dificultad, retrocediendo un milímetro por mero miedo físico ante mi estatura.
—Llamaste a mi
penthouse privado a las cuatro de la madrugada, Cristhian —susurré con una tranquilidad calculadora que me endureció las facciones—. Entraste en el historial digital de la línea de mi casa estando ebrio, exigiéndole explicaciones a Bianca y usando un tono ordinario que no voy a tolerar bajo ninguna circunstancia empresarial.
—Bianca fue mi novia durante años, Vardan —intentó defenderse Olmos con rabia, apretando los puños a los costados de su traje—. Tengo derecho a saber qué clase de juego están ejecutando ustedes dos ante las cámaras de televisión nacional. Sé perfectamente que ella no pertenece a tu círculo social.
Reduje la distancia entre ambos con pasos rápidos y decididos, deteniéndose a escasos centímetros de él. La diferencia de mi contextura física se volvió en una fuerza aplastante en medio del despacho. Mis celos posesivos, esos que me negaba a admitir a puerta cerrada, me encendieron la sangre al imaginarlo perturbando su descanso.
—Bianca Serna es mi prometida oficial ante todo el universo financiero —le siseé en un murmullo ronco y letal, y vi cómo la vena de su cuello se marcaba por la presión de mantener el autocontrol—. Lleva el anillo de compromiso de platino de mi dinastía en su mano izquierda y vive bajo mis estrictas reglas de seguridad. Eso significa que a partir de este segundo, su integridad personal y su tranquilidad matutina caen bajo el control absoluto de mi holding corporativo.
Apoyé mis dedos largos sobre los hombros de Olmos con una fuerza sutil pero impositiva que obligó a mi rival a agachar la cabeza por completo, desarmando su falsa confianza en un segundo largo.
—Escúchame bien, Olmos, porque no habrá una segunda advertencia de mercado en este tablero de ajedrez —sentencié, y mis ojos grises se oscurecieron con una fijeza analítica destructiva—. Una sola llamada más a la suite de Bianca, un solo mensaje de tu distribuidora textil intentando levantar listas negras contra su marca independiente, o un solo intento de Vanessa Rovira por sabotear sus desfiles privados frente a los inversores comerciales, y ejecutaré la cláusula de rescisión total de tus créditos en la bolsa de valores.
Cristhian se quedó completamente mudo, con el rostro inyectado de sangre de pura frustración e impotencia.
—Una sola fisura más en el descanso de mi futura esposa —concluí con una autoridad implacable que no admitía réplicas—, y una sola llamada mía a la junta directiva significará la quiebra total y definitiva de tu distribuidora y de tu estatus comercial antes de que el mercado financiero cierre ese día. Te dejaré en la calle absoluta, solo y destruido por tu propio arranque de celos ordinarios. Ahora da la vuelta y lárgate de mi torre.
Liberé sus hombros con una lentitud exasperante que delataba mi desprecio absoluto. Olmos dio un paso atrás, temblando de rabia pura y pánico financiero, dándose cuenta de que la sombra de mi poder acababa de levantar un muro indestructible alrededor de la mujer a la que pretendía humillar.
Sin articular una sola palabra, el infeliz giró sobre sus talones y huyó de mi oficina principal a pasos apresurados, azotando las dobles puertas de madera con un golpe sordo que resonó en el silencio del cuarto.
Regresé con total tranquilidad hacia mi silla de cuero, acomodándose los puños de mi camisa blanca impecable con una elegancia despectiva. Tomé mi pluma de oro, manteniendo mi máscara de hielo inexpresiva como si no acabara de lanzar una amenaza silenciosa que cambiaría el destino de nuestro acuerdo legal de seis meses. El juego por la cumbre del éxito seguía en marcha, pero en la penumbra de mi despacho, me di cuenta de que la farsa pública de nuestro compromiso se estaba convirtiendo en una obsesión de la que ya no quería escapar.