El sonido metálico del agua golpeando el mármol del baño principal fue lo único que logró enfriar la intensa oleada de calor que me subía por las mejillas.
Me vestí a toda prisa dentro del cubículo de lujo del sector sur, ignorando la tentación de mirarme al espejo para no confrontar el brillo alterado de mis propios ojos oscuros. Llevaba puestos unos pantalones de corte recto negros y una camisa de seda en tono marfil que yo misma había patronado, una combinación sobria que pretendía devolverme la seriedad ejecutiva que había perdido por completo en esa cama matrimonial.
Cuando abrí la puerta del baño, decidida a cruzar el pasillo principal hacia la salida de la Torre Vardan sin mirar atrás, me topé de frente con la realidad.
Ezra ya no estaba entre las colchas oscuras de la recámara principal. La gigantesca cama se encontraba perfectamente estirada por el personal de servicio, desprovista de cualquier rastro del accidente de la gravedad que había tirado las cuatro almohadas de plumas finas durante la madrugada. Sin embargo, su abrumadora presencia física seguía flotando en el aire cerrado del departamento, asfixiándome con el recuerdo de su palma cálida presionando firmemente mi cintura.
Caminé hacia la barra de mármol negro de la cocina, con el bolso de mano firmemente apretado contra mis costillas debido a la adrenalina que aún me martilleaba el pecho.
Él estaba allí, de pie junto al ventanal panorámico que mostraba los rascacielos bajo un sol crudo de ese martes. Vestía un traje de dos piezas gris carbón de una tela tan fina que destellaba sutilmente con la luz natural, delatando la estructura imponente de sus hombros anchos y atléticos. Su corbata oscura estaba alineada con una precisión matemática y sostenía una taza de porcelana entre sus dedos largos y estilizados.
Al escuchar el impacto seco de mis tacones altos sobre el reluciente suelo de mármol, Ezra se giró lentamente sobre sus talones.
Mantenía su fijeza implacable en los intensos ojos grises, recorriendo mi silueta de arriba abajo con una fijeza analítica que me congeló la sangre en las venas. La máscara de hielo inexpresiva del gran CEO de Corporación Vardan había regresado por completo a sus facciones afiladas, borrando cualquier rastro de la vulnerabilidad que había mostrado al sostenerme entre sus brazos unos minutos antes de que yo abriera los ojos.
—El sedán negro blindado ya se encuentra encendido en el sótano privado de la torre, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, dejando la taza sobre el mármol con un clic seco—. Tu asistente ejecutiva, Marisol, envió la agenda de producción de tu marca independiente a mi despacho hace diez minutos. Tienes una reunión programada con los directores de confección a las diez en punto de la mañana.
—Sé perfectamente cuáles son mis horarios de oficina, Vardan —le respondí, obligando a mi respiración a mantenerse pausada y profunda para levantar una postura rígida frente a su imponente estatura—. No necesito que te conviertas en el supervisor de mi rutina diaria solo porque un desastre estructural en las tuberías me obligó a pasar la noche bajo tus estrictas reglas de convivencia.
Una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios al notar el orgullo cortante de mi entonación.
Dio dos pasos firmes hacia el frente, reduciendo la distancia física que nos separaba a escasos centímetros de distancia. Su aroma embriagador inundó de golpe mis sentidos, provocándome un sutil mareo de nervios que me aceleró las pulsaciones de una forma alarmante. La insoportable tensión sexual que siempre estallaba entre ambos cuando compartíamos el mismo espacio cerrado volvió el aire denso y difícil de respirar.
—No me interesa supervisar tu aburrida creatividad, pequeña diseñadora —susurró Ezra, inclinándose sutilmente de modo que su aliento tibio rozó la palidez de mi mejilla—. Me interesa que mantengas la compostura rígida en este tablero corporativo de seis meses. Tu agitación matutina demuestra que tus defensas están bajando demasiado rápido tras el Contraataque Social de la inauguración televisada. Si dejas una sola fisura de debilidad las miradas indiscretas de los inversores, el negocio frío de nuestro compromiso se vendrá abajo en un parpadeo absoluto.
Sostuve su mirada con una fijeza analítica cargada de rabia pura, sintiendo el peso del gigantesco diamante de platino que brillaba con fuerza en mi mano.
—Mis defensas están perfectamente blindadas, Ezra —le siseé entre dientes, negándome a dar un paso atrás ante su abrumadora presencia física—. El amanecer incómodo de hoy fue solo un error de la colchonería de lujo, no una declaración de quiebra de mi orgullo. Sé actuar bajo presión frente al universo financiero del país. Preocúpate por estabilizar tus propias acciones y déjame manejar los hilos de mi taller independiente.
—Eso espero, prometida —sentenció él con una autoridad implacable que no admitía réplicas de ningún tipo, dando un paso atrás con una lentitud exasperante que me devolvió el aire que mis pulmones tanto necesitaban—. Porque en este nido de víboras de la alta sociedad, el primero que muestra una sola duda ante el mercado... lo pierde todo. Camina hacia el ascensor.
Giré sobre mis talones con un movimiento rápido, huyendo de su perturbadora cercanía física sin mirarlo una sola vez más.
Crucé las puertas doradas del ascensor privado en medio de un silencio sepulcral que me erizó la piel de los brazos. Bajamos hacia el sótano de concreto gris de la torre en un ambiente cargado de una electricidad asfixiante. El chofer abrió la puerta trasera del vehículo de ultra-lujo y me deslicé sobre los asientos de cuero, deseando que la distancia física redujera el torbellino de pensamientos ocultos que amenazaba con destruir mi mente.
Ezra se sentó a mi lado, manteniendo la distancia exacta de un metro que dictaba la regla número tres de nuestro propio contrato legal.
Sacó su pantalla digital de inmediato, concentrándose en revisar los gráficos de las deudas del sector hotelero con una tranquilidad calculadora que me encendió la sangre de pura indignación. Actuaba como si sostener mi cuerpo desarmado contra su pecho musculoso a las cuatro de la mañana hubiera sido una simple transacción de mercado o una práctica indispensable de seguridad para los paparazzi que montaban guardia en la acera del distrito financiero.
El trayecto por las avenidas principales de la ciudad transcurrió sin que ninguno de los dos articulara una sola palabra.
Cuando el enorme automóvil negro redujo la velocidad y se detuvo frente a las gigantescas puertas de madera de mis nuevas oficinas, el aire fresco de la calle me devolvió finalmente la estabilidad. El Contraataque Social del jueves por la noche seguía dando frutos, varios reporteros de las revistas de sociedad intentaron acercarse a la entrada del edificio de ultra-lujo para registrar mi aparición matutina, pero el equipo de seguridad de Ezra bloqueó sus lentes con movimientos rápidos y discretos.
Bajé del coche con paso firme, dibujando una sonrisa radiante y sofisticada en mis labios para mantener a salvo el protocolo de nuestra farsa ante los medios de comunicación.
Ezra bajó sutilmente la ventana de cristal tintado del sedán blindado, clavando sus intensos ojos grises en mi silueta una última vez antes de que el motor del vehículo emitiera un zumbido sordo y se alejara hacia las oficinas principales del holding corporativo.
Caminé hacia el pasillo principal del taller de costura, sintiendo que la estructura minimalista del lugar me devolvía la fuerza que la penumbra del
penthouse me había quitado. Marisol ya me esperaba junto a la mesa de corte de cristal templado, sosteniendo las carpetas de cuero negro de los nuevos desfiles privados con una mirada de absoluta lealtad corporativa hacia nuestra marca independiente.
—Buenos días, jefa —anunció Marisol con una reverencia sutil, detallando mi rostro con una fijeza analítica que me puso en alerta—. Los directores de confección textil de la junta ya están acomodándose en el salón de exhibición secundario. El índice de audiencia de la transmisión en vivo sigue subiendo en las plataformas digitales del país. Toda la élite de la ciudad quiere ver los patrones de la futura señora Vardan.
—Excelente, Marisol —le respondí con una voz dulce, clara y pausada que generó una calma absoluta—. Empecemos la auditoría de imagen de los nuevos bocetos creativos de inmediato. No vinimos a este distrito financiero a escondernos de los monstruos reales, vinimos a ganar este juego por la cumbre del éxito bajo nuestras propias condiciones de mercado.
Apreté los dedos de mi mano libre contra el borde frío del cristal, obligando a mi mente a luchar contra el recuerdo de la respiración pausada de Ezra que todavía sentía grabada con fuego en mi piel. La farsa pública de mi compromiso me había dado las oficinas de mis sueños y el poder para destruir el orgullo de Cristhian Olmos, pero al mirar las luces digitales del techo reflejándose en mi anillo de platino, supe que la grieta en el protocolo de mi propia recámara principal se estaba convirtiendo en una tormenta destructiva que amenazaba con derribar los planes de mi destino.