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CAPÍTULO 41: DÍA DE LLUVIA

El martes por la tarde se desmoronó sobre el distrito financiero con una rapidez violenta que amenazaba con oscurecer los rascacielos mucho antes de tiempo.

Las nubes negras que habían estado cubriendo la ciudad desde la mañana finalmente estallaron en una tormenta eléctrica de proporciones destructivas. El agua golpeaba los gigantescos ventanales panorámicos de mi nuevo taller con una fuerza implacable, amortiguando el sonido de las máquinas de coser y obligando a mi equipo de asistentes a encender los reflectores digitales.

Pasé las últimas horas de la jornada de oficina concentrada en la viabilidad técnica de los patrones, usando el trabajo con Marisol como un escudo.

Intentaba ignorar el sutil temblor de mis manos cada vez que un relámpago iluminaba el cielo gris a través del vidrio. Desde que era una niña en mi departamento de clase media, los truenos me provocaban un pánico real, una paranoia incontrolable que ponía a prueba mis barreras defensivas. Sin embargo, en este tablero corporativo donde debía proyectar el estatus de la futura señora Vardan, mostrar una sola debilidad no era una opción ejecutable.

A las ocho en punto de la noche, el sedán negro blindado me dejó de regreso en el subterráneo privado de la Torre Vardan.

Crucé las puertas doradas del ascensor digital y subí al piso más alto en un silencio sepulcral, cargado de una electricidad asfixiante que me erizó los vellos de los brazos. Al ingresar al salón del penthouse, la abrumadora presencia física de Ezra me recibió de inmediato. Estaba de pie junto a la barra de mármol negro de la cocina, vistiendo unos pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca fina con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando sus antebrazos firmes y varoniles.

Mantenía su mirada implacable en los intensos ojos grises, observando los gráficos del mercado financiero en su pantalla digital con una tranquilidad calculadora que me encendió la sangre de pura indignación.

—La tormenta eléctrica está afectando los sistemas de distribución de energía de la zona alta, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, rompiendo el metro de distancia de mi regla número tres para mirarme—. Los analistas de imagen reportan que varias avenidas principales del distrito están colapsadas por el agua.

—Puedo manejar el clima perfectamente sola, Vardan —le respondí, obligando a mi voz a mantener una entonación fría, cortante y pausada para ocultar el miedo real que amenazaba con desarmar mi postura rígida—. He sobrevivido a peores inviernos en mis antiguos talleres sin necesidad de tus sistemas de seguridad.

No tuve la menor oportunidad de dar un paso más hacia el pasillo del sector sur.

Un estruendo ensordecedor, brutal y destructivo sacudió las estructuras de cristal de la torre con la fuerza de un impacto directo. En ese mismo milisegundo, las luces digitales del techo parpadearon de forma errática antes de apagarse por completo de golpe. La luz del penthouse se cortó en un parpadeo absoluto, sumiendo la inmensidad del gran salón en una penumbra densa, pesada y asfixiante iluminada únicamente por los relámpagos del exterior.

El pánico real de mi infancia me golpeó el pecho como una bofetada helada, barriendo cualquier rastro de mi orgullo independiente.

Me quedé completamente paralizada en mi sitio sobre el suelo, conteniendo la respiración mientras un frío sudor me recorría la nuca. Apreté los puños con tanta fuerza contra los costados de mi blusa de seda que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos. Intentaba ocultarlo a toda costa, mordiéndome los labios para no soltar un sollozo de debilidad frente al hombre que manejaba mis deudas comerciales con una frialdad increible.

Sin embargo, el cuerpo tiene memoria, y el mío se encontraba temblando de forma incontrolable en medio de la oscuridad de la sala.

El sonido sordo, lento y firme de unos pasos pesados rompió el silencio sepulcral del cuarto. Ezra se movió en la penumbra con una elegancia felina que delataba que conocía cada milímetro de sus dominios privados, reduciendo la distancia física que nos separaba hasta detenerse a escasos centímetros de mi silueta desarmada. Su aroma embriagador a madera y ámbar inundó de golpe mis sentidos, destruyendo mis últimas barreras defensivas.

—Estás temblando, Bianca —afirmó Ezra, y su voz bajó un grado de temperatura, volviéndose un murmullo ronco, concentrado y sumamente impositivo que me caló hasta los huesos.

—Es solo el frío de tu aire acondicionado, Ezra —mentí en un susurro tembloroso, obligando a mi orgullo  a levantar una última trinchera—. No te confundas conmigo. No le tengo miedo a una fluctuación de la energía digital de tu edificio.

Otro trueno salvaje retumbó contra el ventanal panorámico, iluminando el salón con un destello azulado y violento.

El pánico barrió mi última costura de resistencia. Di un salto involuntario hacia el frente por puro instinto de supervivencia, buscando inconscientemente un refugio contra la tormenta destructiva que azotaba la ciudad. Mis manos chocaron de golpe contra la firmeza de su pecho musculoso, aferrándome a la tela fina de su camisa con una desesperación que delató por completo mi falsa compostura rígida.

Ezra notó mi temblor en la oscuridad de la sala de una manera tan real que su propia coraza corporativa pareció agrietarse por completo ante el choque imprevisto de nuestros cuerpos.

Su mano grande y cálida, cuyos dedos estilizados firmaban de mañana los fondos de inversión del holding hotelero, se disparó con lentitud en medio de la penumbra. Su palma se asentó con firmeza en la parte superior de mi espalda, ejerciendo una presión que me pegó por completo contra el calor abrasador que emanaba de su cuerpo. Su otro brazo rodeó mi cintura, manteniéndome sujeta contra su anatomía con un gesto brutalmente posesivo que me cortó la respiración de golpe.

Una descarga eléctrica salvaje recorrió toda mi columna vertebral en el punto de contacto, acelerándome los latidos del corazón.

Quedamos a escasos centímetros de distancia, compartiendo el mismo aire caliente y denso en medio del invierno de su sala. Podía escuchar el latido desbocado, potente y firme de su corazón martilleando contra mi propio pecho, delatando que la mirada del gran magnate se estaba perdiendo por completo bajo el peso de una insoportable tensión sexual que amenazaba con devorarnos de forma destructiva a puerta cerrada.

Inclinó sutilmente su rostro esculpido hacia mi cuello expuesto, de modo que su respiración pausada y profunda rozó la piel pálida de mi mejilla, provocándome un escalofrío que me nubló el juicio por completo.

—No hay ninguna cámara de televisión local registrando este segundo, pequeña diseñadora —susurró Ezra en un murmullo letal, y vi el brillo oscuro de sus pupilas grises devorando el carmín de mi boca en la oscuridad—. Tampoco hay analistas de imagen de mi familia buscando una fisura en nuestro acuerdo legal de seis meses. Acepta de una vez que necesitas mi protección absoluta para sobrevivir a este infierno.

La fuerza de su abrumadora presencia física y la inminencia de un beso real que flotaba entre nuestros labios se convirtieron en una trampa de oro de la que ya no tenía la menor idea de cómo escapar.

Apreté mis puños contra su pecho, debatiéndome entre el impulso salvaje de perderme en la tormenta incontrolable de su tacto y la rigidez de mi mente que me recordaba la Regla de Oro de mi papel.

En esa penumbra de la sala, con los relámpagos dibujando sombras en el techo y el gigante sosteniéndome entre sus brazos con una fuerza posesiva, un sonido imprevisto cortó la respiración de ambos.

El intercomunicador de seguridad de la entrada principal emitió un pitido digital agudo, activado por la energía de emergencia.

—Señor Vardan —la voz distorsionada de la recepción resonó con urgencia desde la bocina de la pared—. Lamento la interrupción en medio del corte. Un mensajero con uniforme de la distribuidora textil acaba de burlar los controles del sótano y exige entregarle un documento legal de máxima prioridad a la señorita Serna ahora mismo.

Ezra tensó los músculos de su mandíbula en un parpadeo absoluto, y sus ojos grises centellearon con una furia indomable en medio de la oscuridad.

Cristhian Olmos había enviado su última carta desesperada de la noche directo a nuestra puerta de cristal.

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