El trayecto de regreso en el sedán negro blindado fue un suplicio de silencio y electricidad asfixiante.
Yo miraba fijamente por la ventana de cristal tintado, viendo cómo las colinas exclusivas de la mansión Vardan quedaban atrás, siendo reemplazadas nuevamente por las luces frías y geométricas del distrito financiero.
El motor del coche emitía un zumbido sordo que se me metía en la cabeza, amplificando el torbellino de pensamientos que amenazaba con desbordarse en mi pecho. A mi lado, Ezra se