El murmullo de las conversaciones de la alta sociedad y el tintineo de las copas de cristal de Murano continuaban llenando la inmensidad del gran salón de gala.
Ezra se había disculpado conmigo hacía apenas unos minutos, dejándome de pie cerca de la mesa de postres para atender una llamada de emergencia del holding hotelero. Su ausencia imprevista me devolvió una pequeña e ilusoria sensación de espacio, pero quedarme sola en medio de este nido de víboras no era precisamente un alivio.
Mantuve l