El murmullo de las conversaciones de la alta sociedad y el tintineo de las copas de cristal de Murano continuaban llenando la inmensidad del gran salón de gala.
Ezra se había disculpado conmigo hacía apenas unos minutos, dejándome de pie cerca de la mesa de postres para atender una llamada de emergencia del holding hotelero. Su ausencia imprevista me devolvió una pequeña e ilusoria sensación de espacio, pero quedarme sola en medio de este nido de víboras no era precisamente un alivio.
Mantuve la espalda recta, sosteniendo mi copa con dedos largos mientras vigilaba los movimientos de las herederas superficiales.
El vestido de seda en tono rojo carmín seguía cumpliendo su peligroso objetivo con una efectividad devastadora. Podía sentir el peso de las miradas indiscretas de los inversores de la junta y de los directores de las marcas rivales que evaluaban mi silueta y el corte bajo de mi espalda descubierta con un interés analítico implacable.
De pronto, una silueta elegante se interpuso en mi línea de visión, rompiendo de forma sutil la distancia de seguridad.
—Buenas noches, futura señora Vardan —pronunció una voz masculina, extraña, suave y sumamente melodiosa que me hizo dar un sutil sobresalto de nervios—. Espero no estar interrumpiendo sus pensamientos creativos con mi intromisión.
Me giré lentamente sobre mis talones, obligando a mi respiración a mantenerse pausada y profunda para evaluar al intruso.
El hombre que se encontraba plantado frente a mí era un joven empresario de contextura atlética y facciones afiladas, vestido con un esmoquin de corte italiano impecable que delataba un estatus financiero de primer nivel. Llevaba el cabello castaño perfectamente peinado y sus ojos oscuros destellaban con una mezcla de audacia y descarada simpatía.
Lo reconocí en un segundo largo debido a las portadas de las revistas de sociedad más cotizadas de la industria local.
Era Julian Vance, el único heredero multimillonario de la principal firma competidora del imperio hotelero de los Vardan. Su familia manejaba una cadena de complejos premium en el extranjero y era un hombre conocido en el sector financiero por su ingenio rápido, su carácter impredecible y su absoluta falta de sumisión ante las presiones de la junta directiva.
—Señor Vance —le respondí con una voz que forzó una entonación fría, cortante y sofisticada, levantando la mano izquierda para que el diamante de platino destellara bajo las lamparas de cristal—. No pensé encontrar al director de la competencia en un evento benéfico organizado por el holding de mi prometido oficial.
Julian soltó una risa corta, un sonido grave y ronco que vibró en el aire cerrado del salón, dando un paso más hacia mí de forma deliberada.
—El mercado financiero es un pañuelo, Bianca... si me permites llamarte por tu nombre —replicó él, arqueando una ceja con una descarada superioridad aristocrática que me aceleró el pulso de pura paranoia—. Además, un verdadero estratega empresarial nunca deja pasar la oportunidad de contemplar de cerca la obra de arte que está haciendo temblar el mercado hotelero. Tu Contraataque Social del jueves por la noche fue un movimiento de mercado impecable.
Inclinó sutilmente su rostro hacia el mío, de modo que su aliento tibio rozó la palidez de mis mejillas con un descaro que buscaba desarmar mi postura rígida.
—He estado observando tu vestido rojo carmín desde el momento en que cruzaste el umbral de la entrada, señorita diseñadora —susurró Julian con un tono de coqueteo muy seductor que me erizó la piel de los brazos—. Es un diseño propio, ¿verdad? Se nota la estructura minimalista y la caída natural de la seda auténtica. Una genialidad creativa que desentona por completo con el aburrido gusto corporativo de Victoria Vardan.
Sentí que una oleada de calor me subía por el pecho ante la fijeza implacable de sus elogios.
Julian Vance no estaba usando los insultos encubiertos de mi ex novio Cristhian Olmos, ni la fría frialdad de los rounds de boxeo verbal de Ezra. Estaba usando su innegable magnetismo personal para coquetear conmigo de forma abierta frente a las cámaras de la televisión local, desafiando de manera directa el territorio del titán de la corporación.
—Mi trabajo no está en discusión esta noche, señor Vance —le contraatqué con una autoridad implacable, manteniendo la barbilla en alto—. Y mi estudio de diseño independiente está perfectamente blindado por los fondos de inversión de mi acuerdo legal con Ezra.
Julian esbozó una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente astuta en la comisura de sus labios perfectos, cruzándose de brazos de una manera relajada.
—Los fondos de Vardan son una jaula de oro perfecta, Bianca —sentenció en un murmullo pausado y cargado de una fijeza analítica que me heló la sangre—. Ezra es un hombre de piedra que solo ve las prioridades de mercado en las personas que lo rodean. Te está usando como un escudo frente al consejo de administración de su familia, y en cuanto firme sus acciones en Europa, te dejará sola en la calle absoluta. Pero mi firma textil no se maneja con esa frialdad de negocios.
Dio un último paso impositivo hacia mí, rompiendo por completo el protocolo social del vestíbulo.
—Estoy buscando una directora creativa con tu audacia y tu falta de sumisión para lanzar una nueva línea de alta costura exclusiva en el extranjero —añadió Julian, y sus ojos oscuros se fijaron en mi boca con una fijeza que me nubló los pensamientos por completo—. Te ofrezco nuevos contratos comerciales multimillonarios, total control creativo de tus bocetos y una plataforma independiente en París que los Vardan jamás te permitirán tener. Dejalo y ven a hacer negocios reales conmigo.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que la adrenalina de su propuesta destructiva me martilleaba las costillas con una fuerza incontrolable.
La oferta de Julian Vance era un bofetón de realidad que ponía a prueba los límites de mi propio orgullo independiente. Me estaba entregando la oportunidad definitiva de escapar de la farsa pública de mi compromiso y de triunfar en el extranjero bajo mis propios términos creativos, sin deudas ni contratos de compromiso falso con el enemigo de ojos grises.
Sentí el impulso de responder con mi mejor ingenio rápido, pero antes de que pudiera articular una sola palabra, un escalofrío salvaje me recorrió toda la columna vertebral.
El murmullo de los invitados que se encontraban a nuestras espaldas comenzó a apagarse de forma abrupta en un efecto dominó perfecto. El aire denso de la sala se volvió tres grados más frío de golpe, y una sombra gigantesca, imponente y brutalmente conocida comenzó a recortar la luz dorada del pasillo central, avanzando hacia nosotros con la fijeza de un depredador que acababa de detectar una invasión en sus dominios privados.