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CAPÍTULO 30: LA LÍNEA INVISIBLE

El silencio que se respiraba en mi nueva suite norte a las once de la mañana de ese viernes era denso, pesado y casi asfixiante.

 

Llevaba más de una hora sentada frente al tocador de mármol, con las manos entrelazadas sobre mi regazo y la mirada perdida en el gigantesco ventanal que mostraba la inmensidad del distrito financiero. El sol brillaba con una fuerza cruda sobre las estructuras de cristal negro de la Torre Vardan, pero por dentro sentía que seguía atrapada en la neblina helada de la madrugada.

 

La voz pastosa de Cristhian y sus advertencias destructivas sobre que Ezra solo me estaba usando como un escudo ciego seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco constante.

 

Apreté los puños con fuerza, obligándome a respirar de forma pausada y profunda para calmar los latidos desbocados de mi corazón.

 

Me miré en el reflejo del espejo, detallando el cansancio evidente que todavía se marcaba debajo de mis ojos oscuros a pesar de que el equipo de asistentes habían intentado cubrir las ojeras con cosméticos de alta gama. El Contraataque Social de la inauguración televisada del jueves por la noche había destruido por completo el orgullo de mis enemigos, pero esta tranquilidad matutina se sentía como una calma ficticia antes de una tormenta real.

 

El sonido nítido y digital del ascensor privado abriéndose en el pasillo principal del penthouse me hizo dar un brinco de pura alarma sobre el banco de cuero.

 

Me levanté de inmediato, acomodándome la blusa sencilla de punto fino en tono gris y los vaqueros oscuros que había elegido para pasar el resto del día en el taller. Sabía perfectamente quién acababa de regresar de las oficinas del piso catorce.

 

Nadie más en este palacio de cristal poseía esa caminata lenta, firme y felina que era capaz de hacer vibrar las estructuras del suelo con una autoridad implacable.

 

Caminé con paso firme hacia el gran salón, decidida a confrontar a Ezra y a marcar de forma definitiva la distancia segura de mi regla número tres.

 

Al llegar a la sala, me detuve en seco. Ezra estaba de pie junto a la consola de la entrada, terminando de quitarse el saco de su impecable traje de tres piezas azul marino. Se aflojó la corbata oscura con un movimiento fluido y despectivo, dejando los primeros botones de su camisa blanca abiertos. Su mandíbula lucía tensa, calculadora, y una rigidez imponente se apoderaba de su torso atlético.

 

Al notar mi presencia, sus intensos ojos grises de invierno se clavaron de inmediato en los míos con una fijeza implacable que me cortó la respiración por un segundo largo.

 

No había rastro de la diversión fría o de las astutas respuestas de seguridad que solía lanzarme durante nuestros desayunos de negocios. Su mirada era peligrosamente oscura, cargada de una satisfacción fría y absoluta que me erizó los vellos de los brazos de pura paranoia. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar inundó de golpe todo el espacio cerrado, destruyendo mis barreras defensivas.

 

—Fuiste a las oficinas de la corporación con demasiada prisa esta mañana, Vardan —rompí el silencio con una voz que forzó una entonación fría, cortante y pausada.

 

Ezra caminó hacia la barra de mármol negro de la cocina, dejando su portafolios de cuero fino sobre la superficie con un clic seco que resonó con fuerza en la amplitud del lugar.

 

—Tenía un asunto de mercado urgente que resolver a puerta cerrada, Bianca —respondió él con su voz profunda y ronca, sirviéndose un vaso de agua con movimientos de una precisión matemática—. Un cabo suelto del Contraataque Social de la noche anterior que pretendía alterar la estabilidad de mis decisiones financieras. Mis analistas ya se encargaron de archivar el inconveniente.

 

Fruncí el ceño, dando dos pasos hacia el frente sobre el reluciente suelo de mármol, entornando los ojos con evidente desconfianza analítica.

 

—¿Qué clase de asunto, Ezra? —le siseé en un susurro cargado de orgullo, plantándome a un metro de distancia de su imponente estatura—. Marisol me comentó que cancelaste la junta directiva con los inversores de Europa de último minuto para atender una reunión privada en el piso catorce. No me gusta que manejes hilos que afecten la legitimidad de mi marca independiente sin informarme. Recuerda mi  regla número cinco.

 

Ezra dejó el vaso sobre el mármol negro con una lentitud exasperante, reclinándose contra el mueble y cruzándose de brazos sobre su amplio pecho musculoso.

 

—Tu marca independiente sigue siendo intocable, pequeña diseñadora —sentenció con una autoridad implacable que no admitía réplicas de ningún tipo—. Tu ex novio, Cristhian Olmos, estuvo en mi despacho presidencial hace menos de una hora. Le dejé claro en su propio rostro cuáles son las consecuencias legales de jugar juegos de influencia con las personas que portan mi apellido ante las cámaras de televisión nacional.

 

Un frío sudor me recorrió la nuca de golpe al escuchar la revelación. El corazón me dio un vuelco salvaje de pura adrenalina.

 

—¿Cristhian estuvo en tu oficina? —mi voz flaqueó por una fracción de segundo antes de que lograra recuperar por completo la compostura rígida—. ¿Por qué hiciste algo así sin mi consentimiento, Vardan? Te advertí que puedo manejar mis asuntos y mis propios problemas comerciales perfectamente sola.

 

—Olmos rompió los protocolos de seguridad al perturbar tu descanso a las cuatro de la madrugada, Bianca —replicó él, y sus ojos de invierno se fijaron en las ojeras marcadas de mi rostro con una intensidad posesiva que me heló la sangre—. Una sola llamada más a la suite norte, o un solo intento de la distribuidora textil por boicotear tus contratos de confección, y me encargaré personalmente de ejecutar la cláusula de quiebra total contra su empresa antes de que el mercado financiero cierre. Yo siempre protejo lo que me pertenece en este tablero corporativo, y tú eres mi farsa pública oficial por los próximos seis meses.

 

Una oleada de calor abrasador me subió por el pecho ante la fuerza de sus afirmaciones.

 

Me sentía profundamente desarmada por la magnitud de su protección silenciosa, una acción que acababa de levantar un muro indestructible alrededor de los restos de mi dignidad herida. Pero ver la absoluta certeza calculadora en el rostro de piedra de Ezra me recordó los límites exactos de nuestro acuerdo legal de seis meses.

 

El Contraataque Social contra las personas que me habían dejado en la ruina el lunes por la mañana había terminado con una victoria aplastante, pero la línea invisible que separaba los negocios de la obsesión real se estaba borrando a pasos agigantados entre las paredes de este palacio de cristal.

 

Di un paso definitivo hacia adelante, reduciendo la distancia física entre nuestros cuerpos a escasos centímetros, desafiando el calor que emanaba de su torso.

 

—Aprecio que pongas a Cristhian de rodillas en tu tablero de ajedrez corporativo, Ezra —le dije en un susurro firme, clavando mis ojos en los suyos con toda la firmeza que pude reunir en mis pensamientos ocultos—. Pero te recuerdo muy bien que esto sigue siendo una transacción financiera a puerta cerrada. No soy una de tus propiedades comerciales ni una subsidiaria de tu holding hotelero para que salgas a pelear mis batallas por puros arranques de celos posesivos. Mantén tu distancia de seguridad fuera de mi vida personal. El primero que desarrolle sentimientos reales... lo pierde todo.

 

Ezra no pestañeó. Una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente seductora apareció en la comisura de sus labios perfectos, camino hacia mi y mientras inclinaba sutilmente su rostro hacia el mío, de modo que su aliento tibio rozó la palidez de mis mejillas, provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral.

 

—Sé perfectamente cuáles son las reglas de tu papel arrugado, pequeña diseñadora —susurró en un murmullo letal que me aceleró el pulso de forma alarmante—. Esto es un negocio frío. Pero asegúrate de que tu corazón sea lo suficientemente fuerte para sostener la presión, porque las víboras de la alta sociedad apenas están comenzando a morder, y yo no voy a detenerme hasta que este juego por la cumbre del éxito esté completamente ganado bajo mis propias condiciones corporativas.

 

Giré sobre mis talones con un movimiento rápido, huyendo de su magnética y abrumadora cercanía física antes de que el aire denso terminara por nublarme el juicio por completo.

 

Caminé a pasos rápidos hacia mi suite, abriendo la puert, cerrándola y pasando el cerrojo, que sellaba el fin de este primer gran bloque de nuestra farsa pública. Me apoyé contra la madera, con la adrenalina disparada a mil por hora, sabiendo que el Contraataque Social nos había coronado ante todo el país, pero que la verdadera tormenta apenas estaba por comenzar en esta jaula de oro perfecta.

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