El silencio que se respiraba en mi nueva suite norte a las once de la mañana de ese viernes era denso, pesado y casi asfixiante.
Llevaba más de una hora sentada frente al tocador de mármol, con las manos entrelazadas sobre mi regazo y la mirada perdida en el gigantesco ventanal que mostraba la inmensidad del distrito financiero. El sol brillaba con una fuerza cruda sobre las estructuras de cristal negro de la Torre Vardan, pero por dentro sentía que seguía atrapada en la neblina helada de la ma