El sol del jueves entró por el gran ventanal del penthouse, disipando la neblina sobre el distrito financiero, pero no la densa neblina mental que me había torturado durante toda la noche.
Llevaba puestas unas mallas oscuras y una sudadera gris holgada, una vestimenta que usaba como un escudo invisible para intentar recordar quién era yo antes de entrar a esta jaula de oro.
Necesitaba un bendito café. El torbellino de sospechas sobre las intenciones de Ezra y el recuerdo de su respiración en mi