El sol del jueves entró por el gran ventanal del
penthouse, disipando la neblina sobre el distrito financiero, pero no la densa neblina mental que me había torturado durante toda la noche.
Llevaba puestas unas mallas oscuras y una sudadera gris holgada, una vestimenta que usaba como un escudo invisible para intentar recordar quién era yo antes de entrar a esta jaula de oro.
Necesitaba un bendito café. El torbellino de sospechas sobre las intenciones de Ezra y el recuerdo de su respiración en mi cuello durante la escena del jardín me habían dejado los nervios destrozados.
Caminé descalza hacia la cocina de concepto abierto, intentando no hacer ruido sobre el pulido suelo de mármol.
El ambiente estaba en un silencio absoluto, idéntico al de la noche anterior. Me aproximé a la lujosa cafetera empotrada en la barra de mármol negro y comencé a preparar la bebida, concentrándome en el aroma del grano para vaciar mi mente de tantas dudas.
Sin embargo, el destino tenía otros planes en este palacio de cristal. Un sutil crujido a mi espalda me hizo dar un brinco de pura alarma. Me giré con rapidez, pero la abrumadora presencia física de Ezra ya estaba inundando el espacio de la cocina.
Llevaba puestos unos pantalones deportivos oscuros y una camiseta gris de algodón que se ajustaba a sus hombros anchos y atléticos, delatando que acababa de terminar su rutina de ejercicio matutina en el gimnasio privado de la torre. Tenía el cabello ligeramente húmedo y despeinado, y unas finas gotas de sudor brillaban en la base de su cuello bronceado.
Ese look desaliñado lo hacía ver peligrosamente real, magnético y varonil, una faceta que destruía mis defensas mucho más rápido que su impecable esmoquin de gala.
—Veo que sigues despierta, pequeña diseñadora —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, dando un paso hacia la barra.
—No he podido descansar bien, Vardan —le respondí, obligando a mi voz a sonar fría y cortante mientras me giraba de nuevo hacia la cafetera—. Tu estricta familia y las miradas de mi ex novio no son precisamente algo que se olvide en un par de horas.
Tomé una taza de porcelana blanca del estante superior, pero mis manos, todavía alteradas por la adrenalina de su repentina cercanía, fallaron en el agarre.
La taza se resbaló de mis dedos. y en un acto reflejo impulsivo por evitar que se rompiera contra el suelo de mármol, di un paso hacia adelante. Al mismo tiempo, el cuerpo felino y atlético de Ezra se movió con una rapidez impresionante para atrapar el objeto en el aire.
Ocurrió un roce físico accidental absoluto en medio de la cocina.
Nuestros cuerpos chocaron con una fuerza sutil pero devastadora. Mi espalda impactó directamente contra su pecho musculoso, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su piel. Su brazo largo pasó justo al lado de mi cintura, atrapando la taza contra el borde de la barra de mármol negro, dejándome por completo acorralada entre el mueble y su imponente estatura.
Una descarga eléctrica salvaje me recorrió toda la columna vertebral, paralizándome los músculos. Ezra no se apartó. No dio el paso atrás que dictaba la regla número tres de mi propio papel arrugado. En su lugar, aplicó una sutil presión, manteniéndome pegada a su torso mientras soltaba la taza sobre el mármol.
Me giré lentamente sobre mis talones, quedando de frente a él en un espacio tan reducido que no quedaba ni un milímetro de distancia segura entre ambos. Nuestra respiración era agitada, mezclándose en el aire denso de la cocina. Tenía las manos apoyadas contra el frente de su camiseta húmeda, sintiendo el latido desbocado, potente y firme de su corazón.
Levanté la cabeza, y mis ojos se clavaron directamente en los suyos. Sus intensos ojos grises se habían oscurecido por completo, fijos en mis labios con una fijeza implacable que me nubló el juicio. La tensión sexual acumulada desde la noche de los rosales estalló en un parpadeo, alcanzando un punto de no retorno absoluto.
Ezra inclinó la cabeza con una lentitud insoportable, reduciendo la distancia entre nuestros rostros a escasos milímetros. Su aroma embriagador a madera, ámbar y sudor fresco me provocó un mareo que me obligó a cerrar los ojos de pura intensidad. Estábamos tan cerca que casi podía sentir el roce sutil de sus labios perfectos contra los míos.
El mundo exterior desapareció. Las deudas de mi estudio de diseño, la venganza contra Cristhian Olmos y las cláusulas del acuerdo legal se borraron de mi mente. En ese segundo eterno, casi termina en un beso real, deseado y devastador que amenazaba con consumir las barreras de mi propio corazón.
Estuve a punto de ceder, de agarrarme de sus hombros anchos y perderme en la tormenta incontrolable de su tacto. Pero justo cuando la distancia desaparecía, Ezra detuvo el movimiento con una fuerza de voluntad brutal. Vi cómo la vena de su cuello se marcaba por la presión del autocontrol.
Dio un paso atrás con una lentitud detestable, liberándome de su agarre posesivo y devolviéndome el aire que mis pulmones tanto necesitaban. La máscara de hielo inexpresiva regresó a su rostro en un segundo largo, desarmando la atmósfera mágica que nos había envuelto.
—Una reacción lenta, Bianca —dijo él, y una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios perfectos—. Si reaccionas con esa misma sorpresa cuando un paparazzi intente fotografiarnos de cerca, la prensa notará de inmediato que nuestro compromiso es un fraude mediático.
Me quedé muda en mi sitio, con el pulso desbocado y la adrenalina disparada a mil por hora en mis oídos. El nudo de humillación y desconcierto me cerró la garganta.
—¿De qué estás hablando, Vardan? —le siseé entre dientes, apretando los puños de pura indignación.
—Solo era una práctica indispensable para ver cómo reaccionaba el otro —respondió Ezra con una tranquilidad demasiado insoportable, cruzándose de brazos sobre su amplio pecho musculoso—. Necesitamos aprender a mantener la compostura física bajo situaciones de extrema cercanía imprevista.
Así nos aseguramos de no cometer errores comprometedores en público frente a la junta de inversores o frente a mi madre.
El orgullo dentro de mi pecho dio un vuelco salvaje de rabia. Me había dejado llevar por su magnetismo, creyendo que la farsa se había vuelto real por un milisegundo, solo para descubrir que él seguía moviéndose con la fría frialdad de un estratega empresarial en su tablero de ajedrez corporativo.
—Mides muy bien tus movimientos corporativos, Ezra —le respondí con una voz que forzó una frialdad absoluta, tomando mi taza de café de la barra con dedos temblorosos—. Pero te sugiero que guardes tus prácticas para las cámaras de la alta sociedad. A puerta cerrada, mantén la distancia que dictan mis reglas. No soy un campo de entrenamiento para tus acciones en Europa.
Giré sobre mis talones y caminé a pasos rápidos hacia la suite del zona norte, huyendo de su perturbadora y magnética presencia física sin mirar atrás ni una sola vez.
Entré a mi habitación y cerré la puerta con un golpe seco, escuchando el clic metálico del cerrojo que me devolvió una pequeña e ilusoria sensación de seguridad dentro de su palacio de cristal. Me apoyé contra la madera, con la piel de gallina y el corazón martilleándome las costillas de pura rabia.
Había firmado un contrato con el enemigo para salvar mi estudio de diseño, pero este round matutino en la cocina me había dejado claro que el peligro real no estaba en los monstruos de su estricta familia, sino en la atracción incontrolable que estaba empezando a consumir las barreras de mi propio contrato de seis meses.