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CAPÍTULO 31: LA GALA BENÉFICA DE LA CIUDAD

El fin de semana finalmente llegó a la ciudad, trayendo consigo el evento más importante del año.

 

La gala benéfica anual de la alta sociedad no era una simple reunión para recaudar fondos, era la pasarela definitiva donde las dinastías financieras medían su nivel de influencia y cerraban los acuerdos más exclusivos del mercado. Tras el arrollador éxito de la inauguración televisada de mi estudio el jueves, sabía perfectamente que todas las miradas estarían fijas en mi presencia esta noche.

 

Me encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi suite norte, dándole los últimos toques a mi apariencia.

 

Para esta batalla social, decidí dejar de lado la seda verde esmeralda y arriesgarme con una propuesta completamente diferente. Llevaba puesto un vestido de seda en un tono rojo carmín intenso que yo misma había confeccionado en secreto en mi nuevo taller de costura durante las últimas horas del viernes.

 

El diseño era una auténtica obra de arte. Tenía un escote asimétrico muy sofisticado que estilizaba mis hombros y una caída fluida que abrazaba mis caderas con una elegancia impecable, terminando en una abertura lateral que revelaba mi pierna izquierda con cada paso. Sin embargo, el detalle más peligroso era la espalda, que quedaba completamente descubierta en un corte bajo que descendía sugerentemente hasta la base de mi cintura.

 

Me había recogido el cabello oscuro en un moño alto y pulido, dejando mi cuello expuesto, y mis labios resaltaban con el mismo tono rojo encendido del tejido.

 

—Estás lista, Bianca —me susurré a mí misma, ajustando el pesado anillo de compromiso de platino en mi dedo anular izquierdo—. Esta noche vas a demostrarles que puedes brillar con luz propia en su nido de víboras.

 

Tomé mi bolso de mano de la mesa de noche y salí al salón principal del penthouse.

 

Ezra ya estaba allí, esperándome junto a la consola de la entrada principal. Vestía un esmoquin clásico negro hecho a medida que delataba la estructura imponente de sus hombros anchos y atléticos. La camisa blanca fina resaltaba la palidez de sus facciones afiladas y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con esa precisión matemática que tanto lo caracterizaba.

 

Al escuchar el impacto sordo de mis tacones altos sobre el pulido suelo de mármol blanco, Ezra se giró lentamente sobre sus talones.

 

Sus intensos ojos grises de invierno se clavaron de inmediato en mi silueta. Vi cómo su mirada recorría con una lentitud exasperante el escote asimétrico de mi vestido, bajaba por la caída de la seda roja y se detenía durante varios segundos largos en la piel expuesta de mi pierna izquierda. Por un milisegundo absoluto, la máscara de hielo del gran CEO de Corporación Vardan pareció agrietarse por completo. Su mandíbula se tensó con fuerza y su manzana de Adán se movió cuando tragó saliva con dificultad.

 

La abrumadora presencia física de su cuerpo reaccionando a mi apariencia me provocó una descarga eléctrica que me erizó los vellos de los brazos de pura adrenalina a puerta cerrada.

 

—Rojo carmín —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, rompiendo el metro de distancia de mi regla número tres para detenerse a escasos centímetros de mí—. Un color sumamente ruidoso para alguien que afirma que prefiere mantener un perfil bajo en este acuerdo legal, pequeña diseñadora.

 

—El rojo es el color de la victoria, Vardan —le respondí en un susurro cargado de orgullo, obligando a mi respiración a mantenerse firme a pesar de la insoportable tensión física que siempre estallaba cuando estábamos cerca—. El Contraataque Social de mi estudio fue solo el inicio. Esta noche pienso consolidar mi posición ante los inversores sin necesidad de esconderme detrás de tu apellido.

 

Una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios perfectos.

 

—Tu audacia sigue siendo admirable, Bianca —replicó él, y sus ojos grises se oscurecieron con una fijeza implacable que me nubló el juicio por un breve instante—. Pero la alta sociedad no perdona a las mujeres que intentan brillar con demasiada intensidad. Vámonos. El sedán negro blindado ya nos espera en el sótano privado de la torre.

 

El trayecto por las avenidas principales hacia el gran palacio de exposiciones de la ciudad transcurrió en un silencio sepulcral, cargado de una electricidad asfixiante que volvía el aire denso y difícil de respirar.

 

Yo miraba por la ventana de cristal tintado, viendo cómo las luces urbanas se reflejaban en la seda de mi vestido. A mi lado, Ezra se mantenía recostado en el asiento de cuero con total tranquilidad, con la fijeza analítica de un estratega que sabía que estábamos por cruzar la línea enemiga.

 

Finalmente, el enorme automóvil de ultra-lujo redujo la velocidad y se detuvo frente a la alfombra roja del evento benéfico más importante del año.

 

El chofer bajó a prisa para abrir mi puerta, y el torrente de flashes de los fotógrafos, los murmullos de los reporteros de las revistas de sociedad y la música clásica de fondo nos envolvieron en un segundo largo.  Ezra bajó de inmediato por su costado, rodeando el vehículo con su elegancia felina habitual para ofrecerse como mi prometido protector ante las cámaras.

 

Tomé su mano larga y de dedos estilizados, bajando del automóvil con paso firme. En cuanto mis tacones tocaron el suelo, el brazo derecho de Ezra se deslizó con rapidez alrededor de mi cintura baja, pegando mi cuerpo contra su costado con un gesto brutalmente posesivo que nos reclamaba ante todo el universo financiero del país.

 

Caminamos juntos hacia las gigantescas puertas de cristal del vestíbulo principal, desatando un efecto dominó de atención inmediata a nuestro paso.

 

El gran salón de gala era un espectáculo de extravagancia absoluta. Enormes lamparas de cristal iluminaban las mesas presidenciales donde las dinastías más ricas del país compartían bebidas costosas y discutían acuerdos comerciales. El murmullo de las conversaciones refinadas comenzó a disminuir notablemente en cuanto la figura del soltero más codiciado de la ciudad cruzó el umbral.

 

Pero las miradas de los inversores de la junta y de las herederas superficiales no se quedaron únicamente en el CEO de la corporación.

 

Todos los ojos del salón se clavaron con absoluta fijeza analítica en la hermosa y peligrosa mujer vestida de rojo carmín que avanzaba a su lado con la cabeza en alto. El diseño de mi vestido robaba las miradas de todos los jóvenes empresarios presentes en el lugar, hombres de negocios de las marcas rivales que se dieron la vuelta de inmediato para evaluar mi porte con evidente interés comercial y personal.

 

Sentí que una ola de calor me subía por el pecho ante el escrutinio masivo, pero la sutil presión de los dedos de Ezra contra mi cadera me recordó que seguíamos bajo el estricto protocolo de nuestra farsa pública.

 

—El vestíbulo entero está memorizando tu nombre, Bianca —me susurró Ezra al oído, su aliento tibio provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral—. Tu vestido rojo acaba de convertir esta velada benéfica en una zona de guerra real. Mantén la guardia alta.

 

—Siempre la tengo alta, Vardan —le respondí en voz baja, dibujando una sonrisa radiante y sofisticada en mis labios pintados de carmín, mientras avanzábamos hacia el centro del gran salón para ocupar nuestro lugar en la cumbre del éxito social...

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